(Relato) Dientes negros y de leche



Teniendo ya diecinueve años, soñé que todos los dientes se me caían y que, al pasarme la lengua por las encías, el contacto era tan intenso como si hubiera lamido un metal. Notaba la sangre brotando de cada agujero ―sabía a agua ferruginosa― y veía mis dientes esparcidos por el suelo; un colmillo giraba como una peonza.
A la mañana siguiente, olvidé el sueño. No lo recordé hasta por la tarde, cuando vi a papá y sonrió con su paz autoritaria. Papá era ese Dios benévolo que retratan las estampillas de la comunión y las bodas. Despegó sus labios y vi un incisivo negro, negrísimo. Se lo había hecho ennegrecer cuando era pequeño.
Ya no guardaba ningún recuerdo de aquel día, pero, tal como me lo habían contado, lo que había pasado era: «Tu padre te encontró estirado en el suelo. Te habías caído y, en lugar de levantarte, habías preferido quedarte allí, sobre los mosaicos hidráulicos, porque estábamos en agosto y decías que así se estaba a gusto. Fue hacia ti mientras le pedías que no te cogiera. Te tomó en brazos y empezaste a mover la cabeza, a separar su cuerpo del tuyo con los bracitos de nata que tenías entonces. En uno de tus vaivenes, le diste un golpe en la boca y se quedó callado. Papá te volvió a dejar en el suelo y corrió al baño. Pronto llegué yo. No hizo falta que fuéramos al hospital, porque el diente no se puso así, azulado, hasta que hubieron pasado unos días.»
¿Había soñado con dientes despegados por ese motivo? No lo creía posible, aunque papá me había repetido muchas veces la historia de cómo le había matado un diente. Le gustaba repetírmela cuando estábamos en deuda. Lo que sí que recuerdo es que, a las pocas semanas de que ocurriera aquello, se me acercó y murmuró: «Ojo por ojo…» Lo miré fijamente y su mirada me hizo pensar en alguien malvado y vengativo. Me eché a correr, traté de abrir la puerta de la calle.
De todos modos, sabía que no conseguiría abrirla. Si hubiera podido, ¿qué habría hecho? ¿Correr hasta que ya no diera más de mí? ¿Dónde habría ido a parar? Era un niño demasiado tímido como para tener un comportamiento así. Todavía me escondía entre las piernas de mis padres cuando había invitados. Me consolaba pensar que siempre estarían allí para supervisar los pasos que diese. A cada caída, ellos me levantarían diciendo: «Ya pasó.», y todo volvería a estar bien, todo volvería a su orden.
Mientras todo esto ocurría, mi hermano seguía creciendo. Parecía que creciese a un ritmo más acelerado que yo, pero eso era imposible porque el tiempo era el mismo para todos. Quizá lo forzaron a crecer porque, cuando solo tenía ocho años, le trajeron un hermano pequeño y le avisaron: «También es tu responsabilidad.»  ¿Yo era la responsabilidad de mi hermano? No quería ser su responsabilidad. Sabía que, cuando él me rodeaba, algo malo sucedería. No quería alguien así conmigo. Pero él había llegado primero a casa, así que lo único que podía decirme a mí mismo era: «Si alguien tuviera que irse de esta familia, ese sería yo.»
Me sentía el más prescindible. A la vez, era el más protegido. ¿Cómo se podía entender todo eso junto? Quizá no dejaba de ser un invitado. Era un invitado al que mis padres querían más que al resto de sus invitados. No me lo sabía explicar de otro modo. Antes de que naciera, mi cuarto había sido la sala donde mamá guardaba su plancha y algunas cajas con herramientas. Era una habitación larga como la de mi hermano, pero estrechísima. Parecía de la medida perfecta para que, cualquier día, me pudiese ir de ella.
Por Reyes, regalaron una escopeta a mi hermano. La culata era de plástico marrón y el resto brillaba, color negro. Él apuntaba hacia el vacío y se imaginaba que había algún animal delante; cuando apretaba el gatillo, sonaba el ruidito de cuando se parte una nuez. Iba con su arma de juguete a todos lados, incluso al parque en que jugaba con otros niños. Papá también me llevaba a mí a ese parque, aunque no dejaba que me alejase demasiado. «Pero la fuente está en el otro lado.», le decía, fastidiado.
En una ocasión, dejó que me fuera un poco más allá de los arbustos que había alrededor de los columpios. «No te separes de tu hermano.» Cumplí su orden: me puse a su lado y avancé a su ritmo. Empezó a subir y bajar cuestas, como si intentara cansarme. «¿Quieres dejarme en paz?», me gritó, exasperado, cuando estábamos en el otro lado del recinto. No podía irme solo justo en ese momento: no sabía cómo rehacer el camino. Me encogí un poco, como si así fuera a disimular que seguía enfrente de él. Le miré con el ceño fruncido durante un rato, mientras parecía reflexionar.
«Vamos a jugar.» El rostro se le iluminó de repente. Nos acercamos a una fuente llena de agua verde. La valla que la limitaba era circular. Apoyamos los codos en ella y me dijo que me enseñaría cómo sujetar una escopeta. La apoyó y alargó el brazo derecho hacia atrás, luego hacia adelante. Lo veía, pero no prestaba atención. No sabía prestar atención. Disparó y dijo que había dado en el blanco, aunque la estatua que había en el centro de la fuente no se había movido ni se había oído más que un crujido. «Ahora tú.», me dijo; me pasó la cinta de la escopeta por la espalda.
Tenía las palmas de las manos muy abiertas y los brazos extendidos, rígidos. Quizá estaba paralizado. Me cogió por las muñecas y me indicó dónde debía poner cada mano y, después, cada dedo. Fui siguiendo sus instrucciones, pero, cuando todo estaba listo, en lugar de disparar, le miré y, cuando volvió sus ojos hacia mí, sonreí. «Bueno, déjalo.» Intentó sacarme la escopeta de malas maneras, para darse prisa. Me dio un golpe fuerte con la culata y chillé. Uno de mis dientes de leche había caído al suelo, como caían las palomitas de las acacias.

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