(Relato) Conejo



Papá apareció con una caja de cartón entre las manos y mamá me pidió que adivinase qué era. Me habían encontrado sentado en el suelo, ensuciando de polvo del parqué ese mono de pana que llevaba puesto. Mi canguro me cogió en brazos y me acercó a la caja de papá. Dentro había un conejito que miraba hacia todos lados y fruncía la nariz como resfriado. Tenía los ojos saltones; eran minerales negros.
¿De dónde lo habían sacado? No hice preguntas. Entonces no hacía preguntas. Simplemente, constataba que las cosas estaban allí delante, quietas, como impuestas por una mano que no podía ver. ¿Por qué papá y mamá existían? Si no me preguntaba eso, tampoco me preguntaría por qué ese conejo, como de la nada, había entrado en casa y se había empezado a cagar en cada rincón que encontraba. Mamá me había propuesto un juego: tenía que coger un papel e ir buscando todas las bolitas marrones que encontrase; si, al final del día, había reunido más de diez, me regalaría una pastilla de chocolate.
No le puse nombre porque papá decía que poner nombres a los animales era ridículo. Lo miré a los ojos: yo me llamaba igual que él e igual que el abuelo. Me quedé como ensimismado mirando hacia una pared, sin comprender. Con el paso del tiempo, Conejo terminó siendo el nombre del animal.
Mis padres decían que el Eixample no era un buen sitio para el conejo, pero la abuela no tenía espacio en su casa y había pedido que se lo guardásemos hasta diciembre. «Si se pone a tragar la porquería que hay por el suelo, en Navidad será incomible.» Tampoco entendí este comentario de papá, pero, por suerte, cuando no entendía lo que decían los adultos, no tenía que esforzarme por contestarles. Les veía hablar, hablar sin parar, como si sus conversaciones fuesen un pulso para demostrar quién tenía más orgullo. Ensanchaban sus frases, sus ideas; las encadenaban. No veía gran lógica en lo que decían. Sus conversaciones no eran como las que mantenía con mamá: «¿Por qué el mar es azul?» «Porque el mar refleja el cielo.» No, lo que decían se iba encadenando por un mecanismo más complejo o absurdo. Tenía miedo de que algún día me obligasen a entrar en ese juego.
Lo que quería de verdad era tocar a Conejo. Si lo trajeron a casa en agosto, en septiembre, cuando empezaron las clases, sufrí mucho por no poder llevarlo al colegio. Quería que se viniera conmigo; sabía que los chicos se sorprenderían si lo veían; me tendrían envidia y eso es lo que buscaba. Mamá insistió en que no me lo podía guardar en la mochila porque se hincharía por falta de aire y, cuando la abriese, me lo encontraría deshecho. La imagen me asustó tanto que no volví a acercar ninguna bolsa al conejo. Cuando le tenía que dar de comer, ponía su comida en una tacita de café.
Un día, al coger la tacita de una estantería, se me resbaló de entre las manos y mi hermano, que estaba en su cuarto, corrió a la cocina a ver qué había pasado. Empezó a reír como si le hubiese dado un ataque. Mamá, que no había oído el sonido de la caída, quedó alertada por esas carcajadas. Fue a ver qué pasaba y me encontró en una esquina, con el conejo sobre el pecho, respirando nerviosamente.
A mi hermano no le gustaba Conejo. Decía que apestaba y que le miraba mientras hacía los deberes. A mí no me gustaba él. En octubre, un domingo, estaba acariciando a Conejo en medio del pasillo. Salió de detrás de una puerta y me lo cogió de entre los brazos. Lo hizo con tanta rapidez que me eché a berrear, sin saber qué estaba pasando. Abrió la puerta de la escalera y lo puso sobre el primer peldaño. Conejo empezó a bajar en dirección a la calle y yo no hacía nada; sentía que no podía hacer nada. No conseguiría alcanzarlo nunca porque corría demasiado rápido. Derrotado, seguí llorando hasta que, al cabo de unos minutos, llegó papá y, al abrir la puerta de la calle, se encontró a Conejo. Lo miró como la mayoría de los adultos miran a los conejos: sin pensar en nada. Lo agarró por las orejas y, mientras Conejo se meneaba furiosamente, lo subió de nuevo al piso.
Cuando lo vi cogerlo de esa manera, me horroricé. La baba me caía encima del mono; picaba el suelo con los zapatos como señal de protesta. ¿Qué más hacer? Grité con todas mis fuerzas. Papá me tapó la boca mientras me decía que los conejos no sufren cuando se los coge por las orejas. A partir de ese día, cuando quería llevármelo a algún lado de la casa, lo agarraba por las orejas y lo zarandeaba un poco para que se marease y dejase de moverse. Algunas noches dormía con él, aunque mamá dijo que la cosa no podía seguir así porque, en la habitación, se nos acabaría el oxígeno; le dejamos un cojín en el patio para que durmiese en él.
No me gustaba que mi hermano lo tocase. El conejo nunca había sido su responsabilidad: ¿por qué, de vez en cuando, se interesaba por él? Le aborrecía sinceramente. Cuando daba de comer a Conejo, empezaba a chillarle: «¡No es así como se le tiene que dar! ¡Déjalo en paz!» Solo quería que Conejo y yo estuviéramos solos; que tuviera tiempo de tocarle las patitas, el cuerpecito y la boca, aunque esto último le molestaba mucho.
A primeros de diciembre, la abuela vino a visitarnos para celebrar mi cumpleaños. Trajo unos tocinitos de cielo; sabía que me pirraban y que me los comería todos de golpe. Me empaché tanto que tuve que tumbarme en un sofá; me dolía el ombligo. Cuando me desperté, eran las siete de la tarde y la abuela ya se había ido. No encontré a Conejo y pregunté a mamá por él. «Ya no vivirá con nosotros, ahora se encuentra con la abuela.» Fruncí el ceño y me fui a mi cuarto. Si una vez había llegado como de la nada, no le costaría hacerlo de nuevo.

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