(Microcuento) Té turbio



Lo tenía todo. Sí, había tardado días en reunir lo que necesitaba, pero ahora lo tenía todo. Té rojo, unas flores, una mesa con mantel granate… y, para culminar la escena, un precioso juego de tazas que había visto en Pinterest. No puedes imaginarte cuánto había deseado ese juego de tazas. En cuanto lo vi en una foto, lo empecé a investigar por todos los medios: ¿quién lo vendía? ¿Cómo lo podía conseguir? Al final, me había enterado de que pertenecía a una colección limitada y que solo podría comprarlo de segunda mano y por un precio desorbitante. No me dolió pagarlo: ya se sabe, carpe diem.
Era el juego de tazas de mi vida. Tenía, concretamente, tres tazas y las tres cabían perfectamente dentro de una especie de plato hecho con el mismo material. Su estampado entraba por los ojos como las imágenes de gatos pequeños: unos lirios pálidos pintados con acuarela se dibujaban encima de los cuerpos de cerámica blanca. Cuando el cartero trajo las tazas, sonreí tanto que el chico retrocedió dos pasos.
En el salón de casa, delante de una pared color rosa pastel, puse la mesa con mantel estratégicamente para que la luz que penetraba por una ventana le diese de manera poco agresiva. Había puesto las flores ―unas orquídeas― en una botellita de bebida detox vacía. Preparé el té, dejé que chorrease humeantemente en el interior de cada una de las tazas y las puse en el centro, como presidiendo ese bodegón del que Zurbarán se habría sentido orgulloso.
Hice una foto. Una segunda foto. Y una tercera. Luego, diez más. Las comparé entre ellas y fui descartando la mayoría. Me quedé con dos entre las que no me sabía decidir. «¿Y si cuelgo ambas en Instagram?», me pregunté, bromeando. ¿Era capaz de hacer algo así? ¿La gente no consideraría pesado que publicase dos fotos seguidas? Nunca se me habían dado bien los atrevimientos, pero, casi sin pensarlo, pasé las fotos por un par de filtros y las puse en Instagram. ¡Listo! Ahora solo faltaría esperar la reacción de mis seguidores.
Fue en este momento cuando llegó el ataque. Vi que los likes que había esperado no eran tan cuantiosos; la gente no comentaba las fotos con el suficiente entusiasmo. El colmo ya fue que mi número de seguidores, que siempre se había mantenido en el noble millar, empezase a bajar como si, en lugar de haber publicado una foto de tazas, hubiese publicado una foto con pelo en los sobacos. Cuando la cifra descendió hasta el novecientos, no pude más: cogí mi móvil y lo lancé contra la maldita mesa. La cerámica, al chocar contra el suelo, gritó.
TRES CRÁNEOS, DE CÉZANNE

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