(Microcuento) Parte del decorado



Un vecino llamó al timbre y nos avisó de que a mamá le había pasado algo raro. Se había caído en medio de la calle, se la había llevado una ambulancia. Papá, mis hermanas mayores y yo salimos casi corriendo hacia el garaje. Aunque a papá le temblaban las manos, supo sacar el coche con bastante destreza. Cuando ponía un intermitente y se oía el tintineo automático, parecía que fuese su corazón.
Subimos al hospital adelantando a otros coches. Una de mis hermanas le pedía que no corriese. La otra le preguntaba: «¿Seguro que estás yendo por el carril correcto?» En el asiento trasero, yo callaba y miraba el paisaje a través de la ventana como si nos estuviéramos yendo de vacaciones.
Tuvimos que quedarnos una hora en la sala de espera. Papá, de vez en cuando, pegaba un silbido para que los demás visitantes bajasen el tono de voz. «Calla, papá, están nerviosos.», le dije. Toda persona que se encuentre en un hospital es crucial o está pasando por un momento crucial; por eso me sorprende que sean espacios con un aspecto tan poco sagrado, tan de taller de reparación.
Antes de que entrásemos en la habitación de mamá, nos informaron de que, en efecto, había tenido un infarto y que ahora dormía: sería conveniente no despertarla. Cuando entramos y rodeamos su cama entre todos, abrió los ojos por voluntad propia. Una pantalla pitó y no supimos si avisar a algún enfermero o ignorar el sonido; se paró y no pensamos más en él. El pasillo estaba lleno de gente que había ansiado que llegase la hora de visitas.
«¿Cómo estás?» «¿Cómo te han tratado?» Mis hermanas la colmaban de afectos mientras papá buscaba algún enfermero que nos pudiese decir cuáles eran los pasos a seguir. ¿Quién me diría a mí cuáles eran los pasos a seguir? Con las manos en los bolsillos, mirando a mamá desde el pie de la cama, me sentía desplazado de ese lugar y del estado de ánimo general que se respiraba. Pensé en comentar que alguien debería subir la ventana, porque en ese lugar había demasiada oscuridad, pero lo dejé correr. Me limité a fundirme con los aparatos, las mesas, las sillas que nos rodeaban. Callé como si esa que estaba allí no fuese mi madre.

No hay comentarios:

Publicar un comentario