(Microcuento) Juegos que disfrutaba y juegos que me disgustaban



Mi hermano y yo aprovechábamos cualquier espacio para ponernos a jugar. Los vecinos tenían razones para enfadarse. A veces nos apalancábamos en medio de la escalera o en algún rellano ―no necesariamente el nuestro. Corríamos con esas bambas que nos había comprado mamá de un material lo suficientemente blando como para que cada uno de nuestros pasos no sonase demasiado fuerte; lo malo que tenían esos zapatos era que dejaban marcas sobre los suelos de cerámica y chirriaban como si estuvieran oxidados.
A veces jugábamos al escondite, pero acabé negándome a hacerlo porque mi hermano se aburría antes de haber terminado y se iba a su habitación sin avisarme; seguía buscándolo hasta que anochecía y mamá me llamaba a cenar. Mi juego favorito, sin embargo, era uno que se había inventado él: consistía en que los dos nos pusiéramos a correr por todo el edificio como si alguien nos estuviera persiguiendo; si alguno tropezaba, perdía. Normalmente no era yo quien caía, puesto que ponía empeño en ganar esas partidas y prefería que me castigasen por haber hecho demasiado ruido a detenerme y ser derrotado.
Algunos sábados, una vecina venía a jugar. Tenía casi la misma edad que yo, pero, en lugar de compincharse conmigo, caminaba detrás de mi hermano e imitaba todo lo que él hacía. Él le mandaba y ella obedecía sin resignación ni nada por el estilo: obedecía maquinalmente. Se me hacía bastante raro que actuase de esta manera; una vez, cuando le ordenó algo, la cogí por un brazo y dije que no la soltaría; con el brazo que le quedaba libre, me dio un manotazo en la mejilla que aún no he olvidado; todo dio vueltas.
«Sigo a tu hermano porque él puede llevarme a cuestas.», me dijo. Se alejó. Años más tarde, rebasé la estatura de mi hermano y me quedé con ganas de volver a verla para demostrarle que ahora era yo quien podía llevarla mejor a cuestas, pero se había mudado. No tuvimos más amigos del mismo barrio. El resto de los niños con que solíamos pasar el rato eran chicos del colegio al que íbamos: como que mi hermano tenía muchos más años que yo, cuando me lo encontraba por la escuela, tenía que disimular y hacer como que no nos conocíamos.
Me gustaba alargar los juegos. En otro, teníamos que hacer muecas a nuestros padres mientras ellos no nos mirasen: perdía quien era pillado. Papá siempre acababa descubriéndome con la lengua fuera, los ojos bien abiertos y una sonrisa de lado a lado; hallaba tanto placer en hacer esas pequeñas burlas que me daba igual que me sorprendiera.
Mi hermano temía más a papá. Al menos al principio. Sabía que papá tenía un poder: el poder de hacer desaparecer las cosas que tanto le gustaban. No habría soportado que alguien le quitase su escopeta o sus coches de juguete. Por mi parte, reconocía que papá podía perjudicarme si me portaba mal, pero tenía la seguridad de que, si hacía algo que se saliese de la norma, no se enteraría. Casi siempre se acababa enterando y, sin embargo, no me deshacía de la certeza de que era un buen mentiroso.
En verano, hacía demasiado calor como para que nos moviéramos. Jugábamos a las familias: él hacía de papá y yo interpretaba a la mamá. Él cogía un diario y fingía que lo leía. Mientras tanto, yo recogía piedras del suelo y, después de haberlas puesto sobre una tabla de madera, se las llevaba: «La comida.», le decía. Él fingía que se las comía pasándoselas por dentro de la camiseta y dejándolas caer por la falda de la misma. Era un juego que se volvía demasiado aburrido.
De vez en cuando, lo interrumpía y me preguntaba: «¿Sabes que mis padres no son los tuyos?» Lo observaba fijamente, como si eso me hubiera servido para advertir si estaba bromeando o no. Mantenía un rostro tan serio que, a los pocos segundos, empezaba a latirme el corazón deprisa y veía lucecitas que me impedían seguir con los ojos abiertos. Me mareaba y caía al suelo. No era lo que siempre sucedía, pero en más de una ocasión había sido así. Si tenía un mal día, en lugar de desvanecerme, me echaba a correr gritando, en busca de mamá: «¡Dime que vengo de ti! ¡Dímelo!», le pedía, mientras me cogía en brazos y me rogaba que no me desesperase, que nos oirían los vecinos y qué pensarían de nosotros. Pero, cuando me echaba a llorar, no podía parar. Si alguien me decía: «El llanto no te servirá para nada.», todavía lloraba más. Si alguien me preguntaba: «¿Estás llorando?», lloraba a mares. Las lágrimas me venían en cantidades abundantes. No acababa de entender ese fenómeno: mis ojos servían para transmitir un dolor que quería esconder, que me habían dicho que debía ocultar. Lo único que podía argumentar ante mis padres era que no lloraba porque quisiera. «Tienes que aprender a contenerte.», repetían. «Estás creciendo.»

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