(Microcuento) Escaleras de Illa Diagonal



Siete de la tarde. Centro comercial de Illa Diagonal. En el último tramo de unas escaleras que descienden hasta la calle, él espera con una bolsa en cada mano. Le gusta que le vean con dichas bolsas: llevan impresos los nombres de las tiendas donde ha comprado; la gente que se fije en él pensará que es un chico que se cuida de su forma de vestir: ¿qué más querer?
Lleva sus gafas de sol puestas y las aprovecha para mirar sin ser visto. De un momento a otro, decide sacárselas, así que coge las dos bolsas con una sola mano y, con la que le queda libre, cierra las patas de las gafas y se las cuelga de un bolsillo. En el momento en que hace esto, se da cuenta de que lleva la camisa abotonada hasta arriba; se sabe atractivo y cree que aún incrementará su potencial magnético si deja los tres primeros botones libres. Los saca de sus respectivos ojales y suspira, satisfecho.
Alza su reloj de muñeca para verlo mejor. «¿Dónde se debe haber metido esta mujer?», se pregunta a sí mismo. Una turista con contouring perfecto y vestido ceñido pasa por delante de él y sonríe. Él, primeramente, se resiste a mirarla, pero lo único que está haciendo es dilatar el placer de ese instante en que, fijando los ojos sobre ella, se crucen una mirada que no acabará siendo nada. Cuando la chica ha cruzado la puerta de salida, afirma para sus adentros: «Lo extraño es que no me ocurra lo mismo con todas.»
Y la gente, a su alrededor, se cuenta por centenares. Y las bolsas que llevan en el hombro, bajo el brazo, duplican el nombre de compradores que las cargan. Y esas escaleras son solo un engranaje del complejo entramado de todo el centro comercial. Y ese centro comercial solo es una estructura inmensa entre otras estructuras inmensas que dan directamente a la Diagonal, por las que los transeúntes pululan como las hormigas lo harían por el suelo. En realidad, las personas que pasean por la calle, en relación con los edificios, son como las motas de polvo que salen despedidas de entre las sábanas cada mañana, bajo la atenta luz del sol. Y la ciudad que alberga tanto polvo, vista como parte de la totalidad del planeta, es como otra mota de polvo que contiene tantas otras partículas llenas de suciedad y la suficiente inteligencia como para seguir moviéndose ―si no vivas. Pero todo esto parece que sean cuestiones secundarias, porque lo que ahora mismo pasa por la cabeza del chico de las dos bolsas es que es sorprendente que no todo el mundo caiga a sus pies. ¿Acaso nadie se ha dado cuenta de la proporción de sus rasgos faciales?
TIMES SQUARE, DE RAMON MOSCARDÓ

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