(Diario de adolescencia) Primero de agosto de 2017



6.53 a.m. Antes de ponerme a escribir la nueva novela, pienso en Los dieciocho son un mito. Aunque hace más de un año que empecé a escribir esa obra, su tema central aún me persigue. Nos creemos que esa edad, los dieciocho, cambia nada. Es un error. Quien era dependiente sigue siendo dependiente y quien no lo era no se convierte en ello. Deberíamos luchar contra la idea de que hay una edad para cada cosa: la edad para el amor, la edad para los viajes con amigos, la edad para el primer trabajo… De toda esa imaginería colectiva, solo se pueden sacar frustraciones.
Me arrepiento de no haber sido un niño más travieso. Ahora que empiezo a vislumbrar cómo funciona el mundo, me doy cuenta de que en más de una ocasión había tenido razones para contestar a mis profesores, para protestar. El poder recae sobre unos porque ellos mismos están seguros de que lo poseen: esta arbitrariedad del poder me quedó muy clara hace un año, cuando vi Roma, città aperta de Rossellini. En cualquier caso, no fui un niño con predisposición para la rebelión; me gustaba demasiado mi tranquilidad, mi embobamiento.
Anoche vi Todo saldrá bien, dirigida por Wim Wenders. El protagonista es escritor. Un chico de dieciséis años le pregunta si el niño que sale en una de sus novelas es él. Entonces, el escritor le responde: «Cuando escribes, puedes encontrar la inspiración en cualquier parte. Ya sabes, algunas veces de vivencias, y otras es mera imaginación… Y no siempre es fácil ver la diferencia.» En más de una ocasión, me he encontrado con personas que me decían: «¿Ese personaje soy yo?» O, directamente: «Ese personaje soy yo.» Para alguien que escribe ficción (y creo que toda la literatura tiene más de ficción que de ese constructo comercial llamado no ficción), puede ser duro que se le acuse de haber escrito sobre personas reales para difamarlas. A no ser que se escriba sobre algo completamente ajeno a nuestra realidad, ¿cómo huir de la experiencia vivida? ¿Podría escribir sobre la familia de un niño chino y sus tribulaciones? No me sentiría legitimado. Escribo sobre eso que se identifica con mi vida porque es con lo que me siento cómodo, seguro. No es tan difícil de entender. Alguien que vea la literatura como un arma de doble filo no ha querido entrar en este juego en que consiste la ficción.
Bajando hacia la estación, entro en una farmacia y me subo a una báscula. Cuando introduzco dos monedas, la máquina empieza a hablar. Noto que todos los clientes que hacen cola se giran hacia mí. «Si quiere conocer su peso, espere.» Agacho la cabeza. Ay. Recojo el tiquete: respecto del año pasado, he engordado tres kilos y soy un centímetro más alto; la última vez me subí con zapatos, así que seguramente he engordado más de tres kilos y era un poco más bajo.
A las doce, sale el tren hacia Malgrat de Mar. Espero en el andén, escribiendo esto. Una niña y un padre discuten. La paternidad debe ser, en cierta forma, una vuelta a las chiquilladas. También debe ser una vuelta a la simplicidad, a la raíz de las cosas.
Delante de la estación de Malgrat de Mar, me lo encuentro: M. Vamos a la playa y se pone a llover. Sin que me dé cuenta, pasamos de Malgrat de Mar a Santa Susanna y dejamos que las gotas nos caigan encima sin demasiada preocupación. Llevamos una sombrilla amarilla, pero le da vergüenza usarla como paraguas. Los guiris salen a los balcones de los hoteles como si les pagaran por estar allí. Vuelvo a Mataró con el tren de las siete y media.

2 comentarios:

  1. La teva fan número 1 es passa per dir-te que no et pots expressar millor ni amb tan bones paraules.

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    1. Aiii! T'adoro tantíssim! Tant de bo puguem prendre algun cafè junts aquest estiu i intercanviem opinions sobre «Mirall trencat». 🌸

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