(Diario de adolescencia) 8 de agosto de 2017. Una mala noche, una mañana sin escribir



Tardé tres horas en dormirme. Me levanté para ir a beber agua y vi, en la estantería que hay sobre mi cama, la peluca que tengo puesta en un busto de porexpán. La luz de las farolas llegaba a la habitación entre los listones de la persiana y proyectaba unas líneas naranjas sobre la pared; sobre esa mujer de pelo largo, lacio y castaño y piel blanquísima. La imagen me pareció viva y bella. Llevo tiempo obsesionado con esta peluca: viéndola puesta sobre ese pedazo de materia inanimada, pienso que quizá lo que da cierta gracia al cuerpo humano es algo que no domina desde la cabeza (¿quién ordena a su propio pelo que haga tal cosa o tal otra?). Encendí el móvil para hacer una foto a la peluca. No fue posible. Busqué mi cámara réflex. Tampoco fue posible. Había poca luz. Hay quienes repiten constantemente eso de: «Una imagen vale más que mil palabras.», pero, en verdad, la fotografía sigue enfrentándose a algunas lagunas que no podría captar con sus características. La luz en la fotografía es como la palabra en la literatura: nos permite iluminar, mostrar; está claro que con la fotografía se llega a resultados diferentes que con la literatura, pero hay un misterio que tanto le es vedado a la una como a la otra.    
Sigo sin redes sociales en el móvil. Me las desinstalé ayer y me prometí que no volvería a ponérmelas hasta el sábado, cuando salga hacia Bretaña. Últimamente, me había acostado y despertado pensando en las vidas de otras personas. Quizá lo que menos favorezca unas relaciones sanas sea la obsesión por las demás personas. Cuanto más pienso en alguien, más lleno la imagen que me formo de él de expectativas y prejuicios que acartonan su carácter. Acararse a los demás desde el vacío puede ser útil. Hacer cosas desde el vacío, desde cierto silencio de la consciencia, suele ser beneficioso. ¿En qué consiste el esfuerzo que estoy intentando definir? En acallar el yo ―esa vocecita interior que, de la misma manera que nos puede conducir a reflexiones ricas si sabemos dirigir nuestra vida, también nos puede hundir en la mierda de ser alguien que solo piensa en negativo, que solo sabe criticar a los demás, que ve los problemas en su alrededor y no en su propia interioridad. ¿El tono con el que escribo suena demasiado moral? Recientemente, he renunciado a sistematizar mi vida y a buscar la tranquilidad absoluta, pero no pienso renunciar a la búsqueda de cierta ética. Creo que es posible. Creo que hay algunas frases de Montaigne, de Josep Maria Esquirol, de diferentes pensadores, que pueden ponerme sobre la pista de la vida que quiero para mí.
No escribo ni una línea de novela. Me paso la mañana bebiendo agua, releyendo las trece páginas que llevo escritas y yendo al baño a mear. No hay más. Cuando no soporto leer algo que he escrito, busco una versión pirata de los diarios de Warhol y leo un capítulo: ¿por qué todo lo que escribe tiene su lugar, como si fuera necesario? Para hacer avanzar un texto, uno tiene que estar convencido de que lo que está escribiendo debe estar allí. Desde hace días, lo que pongo en la novela me parece inconexo, insulso, lo que sea. Cuando escribo algo que no se corresponde con mi experiencia vivida ―es decir, algo que sale totalmente de mi imaginación y no de mi memoria―, me veo ridículo a mí mismo. Haré una concesión: está claro que la frontera entre la imaginación y la memoria no es nada estable.
El día, gris, se desplaza hacia el azul y el amarillo a medida que se va. A las siete, en el cielo no quedan más que dos nubes grises ―nada amenazadoras; tienen la consistencia del algodón. Quizá el problema no sea que escriba poco sino que la lectura debería tener un papel más importante en mi actividad como escritor del que le he querido reconocer. En cualquier caso, otro martes va acabando. Los días previos a un viaje son enojosos. Mis libros y yo. Yo muy ermitaño, muy histérico cuando me hablan. ¿Cómo puede ser que el mismo chico que se irrita a la más mínima luego salga a la calle y le parezca tranquilo a cualquier desconocido? Todas estas máscaras, la multitud de tratos que podemos dar a los demás… El ser humano es curioso por todo ello y más. Mis libros: su voz para pasar el rato, para aprender a hablar, para dejar de pensar y, al mismo tiempo, tener las ideas más asombrosas que jamás se me han ocurrido. Si he dicho algo sensato, ese algo ha venido de mis lecturas.

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