(Diario de adolescencia) 7 de agosto de 2017. Guerin, un lunes parecido a un domingo, Linklater



Anoche intenté ver Tren de sombras, pero no pasé de los primeros cuarenta y cinco minutos. Era la segunda ocasión en que trataba de ver esta peli. Me pareció un coñazo. El problema no es que la peli en sí sea un coñazo, sino que me dije a mí mismo: «Esto es un coñazo.», y, desde ese momento, todo contacto con la obra era imposible. El día veintidós de septiembre, la proyectarán en la Filmoteca: me lo he apuntado en la agenda; Guerin me tendrá que dar una tercera oportunidad.
Agosto es un domingo larguísimo. Leería, pero a la media hora dejaría el libro. Limpiaría, pero me parece que no hay nada demasiado sucio. Escribiría, pero me digo que suelo escribir por las mañanas y que sería extraño que lo hiciera ahora. El resumen de todo ello es que siento pereza, más que haya una oposición real a cada cosa que podría hacer. Acabo decidiéndome por ver una película de Richard Linklater. Todo lo que hace este director me deja un recuerdo intenso: ¿cómo lograr algo similar? ¿Cómo vivir con tal de crear una obra artística apasionada? Es una evidencia que el arte hecho desde la pasión acaba transmitiendo su sentimiento a los espectadores. No querer hacer algo raro: hacer algo honesto. ¿Pero cómo estar seguro de que se está siendo honesto?
Qué poco he escrito en este diario hoy. A principio de curso, me cité con Darío, un chico de mi uni, para charlar en la biblioteca. Él escribe. Me dijo que, con escribir unas frases al día, ya se sentía satisfecho. Por más que me negase a admitirlo, creo que le respondí con autocomplacencia, porque en aquel entonces escribía mucho a diario y creía que eso significaba algo. Indudablemente, significa: Goethe decía que de la cantidad nace la calidad; en Twitter, atribuían a Simone de Beauvoir la frase de que se aprende a escribir escribiendo. Pero escribir mucho no es lo único que significa. La cantidad de factores que harían de alguien un escritor no pueden enumerarse como los ingredientes de una receta. Al igual que un buen plato o cualquier otra creación humana, una obra literaria requiere unas cualidades de las que no somos nada conscientes.

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