(Diario de adolescencia) 6 de agosto de 2017



Ni una página de novela. Esto, hace unos años, no me lo habría permitido. Cabe decir que, hace unos años, también tenía los suficientes humos como para creerme que algún día podría ser un clásico de la literatura. Algunos niños sueñan con ser astronautas o cantantes. Es curioso que muchos perseveren en el canto, aunque después no se acaben dedicando a ello: hay, en el trabajo de la voz, algo emotivo que hace que quienes lo emprenden difícilmente lo abandonen. De niño, me decía a mí mismo: «No quiero ser uno de esos adultos que se conforman con cualquier cosa.» Ahora no me considero mediocre, pero he dejado de lado esa ambición tan irreal, tan alejada de la vida tal como nos viene dada.
A las cuatro, el silencio que se oye en la calle solo es interrumpido por algún motor de coche o puertas que se abren y cierran. He abierto la ventana de mi habitación y la brisa que pasa me invita a leer, a pasarme toda la tarde leyendo. Pienso en la noche de ayer: qué cosa más memorable, más sorprendente, más agotadora. El problema está en ilusionarse. El efecto de las ilusiones es el mismo que el de los prejuicios: constriñen nuestra mirada. La ilusión es diferente a la esperanza, sin la que sería imposible tirar adelante. A veces preferiría hablar de expectativas en lugar de ilusiones, pero me parece que las primeras son propias de la percepción humana y las segundas perfectamente prescindibles.
Hemingway recomendaba a los escritores bloqueados que empezasen escribiendo algo real. ¿Y bien? ¿Por qué deberíamos solo empezar escribiendo algo real, sea lo que sea eso a lo que llamamos realidad? Lo que nos rodea tiene una forma demasiado narrativa y teatral como para que lo ignoremos en nombre de la ficción. En verdad, nunca salimos de la ficción; la etiqueta de no ficción tan solo sirve como gancho comercial; filosóficamente, ese concepto se demuestra insostenible. Sigo con lo que decía: ¿por qué deberíamos apartarnos de la realidad? Pla defendía una literatura de observación enfrente de una literatura de imaginación. Bien dicho. El otro día, leí un tuit que decía que las personas que citan a Pla o bien son cursis o bien solamente conocen la obra de ese escritor. No me importaría encontrarme en una isla desierta si tuviera la obra completa de Pla conmigo. Una vez más: ¿qué tiene de malo la realidad? Esta tarde, al pasar por delante del parque que hay al lado de mi casa, me he quedado maravillado: las hojas de los plátanos, verdísimas y sobrepuestas las unas a las otras, se transparentaban a la luz del sol ya cansado, ya descendiente. Los rayos que se colaban entre las ramas daban a la escena una tonalidad dorada que me ha hecho pensar en lo sublime, en Flaubert, en Salomé, no sé, en Fangoria. Las cosas que se pierden quienes escriben ciencia ficción son innombrables, como las experiencias que rechazan los ateos más convencidos. En fin. No he venido aquí a dar sermones. Es de ignorante compadecerse de los demás por las experiencias que no han vivido: moriré sin haber vivido tantas cosas que es mejor dejar de dar vueltas al tema.

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