(Diario de adolescencia) 5 de agosto de 2017



Empiezo el día escribiendo, pero, antes de que haya llegado a apuntar la idea que tenía en mente, enciendo el móvil y me desconcentro colgando fotos en Instagram. Luego me pongo a hablar con Abril vía notas de audio: se ha encontrado una cucaracha en casa y ha pasado una noche terrible; por suerte, ni me acuerdo de mis anginas, por lo que el plan de hoy sigue en pie.
Con la novela, avanzo a base de imágenes. Se me presentan claramente a la cabeza y la dificultad que encuentro es que, entre imagen e imagen, tengo que trazar un camino que no me viene dado de manera tan intuitiva. En ocasiones, me pierdo. También me pasa con los cuentos: casi nunca acabo contando lo que en un principio había querido expresar.
Un hombre jadea en esas máquinas que recuerdan a En la colonia penal de Kafka. Una mujer ríe en la cinta: está mirando una serie en la pantalla que tiene delante. Soy casi el único que usa la elíptica en este gimnasio; por lo visto, muchos de los musculosos tienen una mala consideración de ella. «La zona de las elípticas es mi tierra», me digo, mientras veo este espacio desierto. ¿Y cuando salgo de aquí, cuál es mi tierra? ¿Cataluña es mi tierra en el ámbito público? No sé si es mi tierra en la privacidad. No es mi tierra en la intimidad. A la media hora, voy al baño y, en el espejo, veo que me ha aumentado la papada; ahora, cuando giro el cuello, lo que veo me parece desagradable; de cuerpo a cuero, hay una sola letra. Al salir de este sitio, me parece que una mujer me saluda, pero habla tan bajito que tengo miedo de que, en realidad, esté conversando consigo misma y avanzo sin devolverle el saludo.
Entro descalzo en el despacho de mi padre. Voy a coger un libro de una estantería y, hasta este momento, él no me ha visto. Pega un bote en su silla de escritorio y me pregunta por qué tengo que ser tan silencioso. Pienso en el instante que hay entre que ha advertido algo fuera de lo normal en su despacho y que se ha dado cuenta de que eso fuera de lo normal era yo. ¿Y si me hubiera presentado en su despacho disfrazado, con el rostro tapado, también sigilosamente? Las personas que conocemos, por trucos más sutiles que un simple disfraz, pueden pasar de ser alguien determinado a ser todo lo contrario. De pequeño, para gastarme bromas, me decían: «Eres adoptado.», y yo me limitaba a parpadear, confuso. La visión que tenía de mis padres, en unos segundos, cambiaba radicalmente.
Me pego una siesta de media hora. Al estirarme, siento el cansancio que he arrastrado toda la mañana sumado al calor de esta hora y este mes. Mirando hacia el techo, me siento agradecido por todo lo que tengo, tanto lo que me da placer como lo que me desagrada. Podría haber menos cosas que me disgustasen, pero eso no me garantizaría un mayor placer: solo haría que, en los momentos en que disfruto, notase menos el contraste con los momentos en que sufro o me preocupo.
Recuerdo que una de las primeras cosas que me planteé como escritor fue cómo debía tratar la muerte en mis obras. Si escribía narraciones, me parecía inevitable que cada relato terminase con la muerte del personaje principal. Me obsesioné vivamente con esto. Hoy, vuelvo a preguntarme si la única forma posible de terminar un relato no debe ser la muerte. Flaubert invita a reflexionar sobre esta cuestión. A partir de la muerte, podemos observar la vida como un todo; es una contradicción, no obstante, que nadie pueda observar nada desde la muerte. La literatura me podría dar este goce de figurarme la muerte, de escribir desde ella como en un simulacro.
Ayer veía un programa de tele en que se decía que el problema de que el éxito te sobrevenga demasiado pronto es la hibris tal como la entendían los griegos: quiero decir, que no estés preparado para tal éxito y te conviertas en un gilipollas, en un arrogante. No creo haber experimentado el éxito (bueno, esto también depende de cómo definamos la palabra éxito: la vida en sí resulta ser un éxito contra la muerte; es el mejor logro de que podemos disponer, quizá), pero he vivido los pocos minutos de fama que Warhol profetizaba para todo el mundo. Cuando me publicaron un libro o cuando salí en una revista, pasé por una experiencia similar a la del día de mi aniversario: la gente volvía a ser consciente de que existía y me decía algo, me reconocía. Ese reconocimiento es lo que había pretendido obtener a lo largo de toda mi infancia: solo había querido atención, encontrarme en el centro.
Si ahora mismo me llegase el éxito, no sabría cómo gestionarlo. Me considero humilde, pero, cuando paso por temporadas en que pienso sobre todo en mí mismo, mi punto de vista sobre las cosas se distorsiona. El egocentrismo va y viene; erróneamente intento reprimirlo, impaciente; aún no he vivido aquellos hechos que me permitan ver el mundo con verdadera honestidad, humildad y belleza. Tengo diecinueve años: ¿qué esperaba?
Quedo con Nausica en La Sagrera. Hace meses que no la veo y la encuentro risueña y atenta, como siempre. Me comenta que ahora viste un poco más perroflauta, aunque sigue llevando su camiseta de AC/DC de vez en cuando. Me alienta encontrarla igual que antes y que sigamos sintiéndonos tan cerca el uno del otro: quizá estos últimos meses no he cambiado tanto como en ocasiones creo. Ella sabe mantener la intriga en toda conversación; antes de darte una noticia, dice: «¿Sabes qué?», y espera a que te derritas en una impaciencia muy dulce. Tomamos dos cervezas y me invita a un cigarrillo en lo que define como «un bar cutre que hay por aquí».
Más tarde, coge una bici para irse a su casa. Cuando nos abrazamos para despedirnos, trata de mantener la bici apoyada sobre su cadera pero cae al suelo irremediablemente. Una mujer sentada en un banco se nos queda mirando.
Cojo el metro hasta Sants Estació. En el andén, cuando veo llegar el primer vagón, retrocedo un paso, porque nada me asegura que no haya alguien que vaya a empujarme por detrás cuando esté delante de mí. Frunzo el ceño al imaginar esa escena. De niño, cuando iba en tren con mis padres, me acercaba hasta el límite del andén; no era nada consciente de que la muerte nos puede encontrar en cualquier lugar, a cualquier hora. No creo en la muerte, pero si llega que me pille trabajando.
Las expectativas para esta noche son altas. Escribo en el vagón. Abril ya me debe estar esperando en Sants. Compraremos una botella de vino y nos la beberemos en su casa. Las noches con Abril son brillantes incluso cuando los dos estamos cansados; nuestro modo de ver las cosas es lo suficientemente parecido como para que salgamos de fiesta juntos y no nos tengamos que arrepentir de nada.
Había olvidado cómo era estar maquillado. Como que normalmente solo Abril se maquilla, hoy que lo he hecho yo también dice que nota una menor distancia entre los dos: esa distancia es decisiva entre cada persona que decide pintarse la cara y quienes le rodean. Desde los catorce años no me maquillaba. Hemos salido por Ultrapop; el lugar es abrumadoramente divino; mucha gente, sí, pero también mucha calidez —que no es lo mismo que calor sofocante. Abril le dice a una señora barbuda: «Eres divina.», y ella le contesta: «¿Y me lo dices tú?» Salimos de allí a las cinco y cuarto porque Abril se siente demasiado cansada como para seguir bailando: ha estado currando todo el día. Sin haber trabajado en toda mi vida, no me veo capaz ni de compadecerla. En Sants, cojo el tren en dirección a Mataró a las seis y pico, después de haberme puesto desmaquillador y quitaesmalte en casa de esta chica que tanto adoro.

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