(Diario de adolescencia) 4 de agosto de 2017



Me despierto a las tres de la madrugada. Me cuesta volverme a dormir. Sueño con una boda: todos los invitados están contentos, pero es difícil que no me sienta incómodo. A las ocho y pico, me levanto sin que el despertador haya sonado. Noto que alguien me agarra el cuello con dos manos. Voy al baño con una linterna y me observo en el espejo: definitivamente, tengo anginas. Café, agua, ibuprofeno. ¿Qué pasará con la noche de mañana? Aviso a Abril que quizá no pueda salir; sería una lástima, después de tantos días sin ver a esta chica con la que me siento más compenetrado que con la mayoría de personas que llevan más años en mi vida.
Palabras como razón, consciencia, libertad… Pienso en ellas mientras veo un par de capítulos de Amb filosofia. De pequeño, creía que los adultos que las usaban tenían, en sus cabezas, imágenes muy fijas de qué era cada una de esas horas; me las he ido reencontrando con el paso del tiempo y siguen siendo tan intangibles como al principio; incluso, en ocasiones, si las repito muchas veces, dejo de relacionarlas con los significados que les han atribuido y pasan a ser objetos de decoración, no sé, algo sin una función clara.
Me mejoran las anginas a medida que pasa el día. Una corriente de aire cruza toda la casa: va desde la ventana abierta de mi habitación hasta la puerta del patio, arrastrándose por todo el pasillo. El calor de estos días hartaría incluso a Juana de Arco, sí, pero, sin él, no notaríamos ningún placer cuando el viento, de repente, sopla.
Desde hace unos meses, estoy obsesionado con el movimiento de los ventiladores: sus aspas se mueven como derviches, sus carcasas giran como cabezas que niegan. Me quedo hipnotizado mirándolos: hay algo demasiado propio de los seres vivos en ellos, algo inquietante.
Hoy no he escrito ni una página de novela, solo he releído las que llevo hechas. ¿De qué me serviría tenerla lista en poco tiempo? Tantas prisas, tantos cafés, tantas agendas increíblemente organizadas… Tanta cosa para terminar en el mismo hoyo. A veces sueno desquiciantemente nihilista. En verdad, la única forma que he encontrado de dejar de correr delante de una realidad que va a ciento veinte kilómetros por hora ha sido hacerme consciente de mi propia finitud, de la falta de sentido de todo esto.
A las siete y media, me pongo a ver una peli de Mia Hansen-Løve. Mucha gente suele ver cine más tarde, por la noche, ¿pero cómo son capaces de dormir luego? Agosto, dos cafés al día, la preocupación de no estar haciendo lo que debería… Hay demasiadas cosas que nos impedirían conciliar el sueño cada noche. Lo sorprendente es que, de vez en cuando, lo consigamos.

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