(Diario de adolescencia) 30 de agosto de 2017. Presiones, hospital, Abril, Razzmatazz, dramas, lluvia



Noto dos presiones que me impiden escribir con la serenidad que desearía. En primer lugar, hay la presión de quienes creen en una literatura sintética, intensiva, sin nada que sobre. Menos es más, dicen. Ven el objeto literario como un mecanismo perfecto. Los relatos de Poe podrían ser el paradigma de esta concepción. Escribir a rajatabla, escribir con frenesí, sin un borrador previo, es visto como algo poco profesional por estos. También hay la presión de quienes preferirían que escribiese menos sobre mí mismo; es una presión más explícita, más urgente. No se me ocurre otra solución que ignorar tanto la primera exigencia como la segunda.
Escribo tres páginas y media. Hago poco más durante toda la mañana. Leo. Como. Veo una peli. Pienso en esta noche: no sé si salgo de fiesta porque me han dicho que es lo que me conviene a esta edad o porque realmente disfruto librándome de la rigidez que me es propia. En un principio, me decía a mí mismo que salía de fiesta para tener experiencias sobre las que escribir; un escritor justificaría todo lo que vive por su literatura, pero, en realidad, seguiría haciendo lo mismo si no escribiera; se dejaría llevar por la inercia que, en verdad, conduce las vidas de todos nosotros. Llego pronto a Barcelona y hago una visita rápida en el hospital; es la penúltima vez que entro en esta habitación y eso es motivo de alegría. Más tarde, me encuentro con Abril y precisamente vamos a tomar algo a un bar llamado L'Alegria. La sonrisa de camarero. Los baños llamativos. Hablamos sobre el momento en que nos encontramos, sobre lo que haremos y lo que hemos hecho. Más tarde, tomo el metro hasta Plaça Catalunya. Tomo unas birras con Paula y Maria en Sureña; hoy vamos a Razzmatazz; pedía a gritos una noche como la de hoy; tengo sed de todo.
Al final, la noche ha resultado del todo inusual. No solo he ido con Paula y Maria; también se han unido algunos chicos de Mataró. Hemos bebido, hemos entrado en Razz, hemos hecho un círculo y hemos bailado con una ridiculez tribal. Había una cantidad de gente inimaginable. Bueno. Para eso se sale de fiesta, ¿no? Mis amigos querían irse a casa y yo no. Me han dejado con un desconocido. Un desconocido a medias, para ser exacto. ¿Su nombre? I. Este desconocido me ha cogido de la mano y me llevaba de arriba abajo, porque había perdido a sus amigos y quería encontrarlos. Tres pecas situadas en posiciones harmoniosas en su cara. Cabello oscuro. Sonrisa malévola. Todo lo posible para gustarme. Sin embargo, me sentía como un muñeco mientras me arrastraba por la discoteca. Ha encontrado a uno de sus amigos y ha empezado a discutir con él. Me he ido solo porque todo aquello no tenía nada que ver conmigo. He llamado a los amigos de Mataró, pero a saber por dónde paraban. He vuelto a mi ciudad sigilosamente, seriamente, en tren. Aún es de noche mientras escribo estas líneas y sigo en el vagón, viajando en dirección a Mataró. A la vez que me noto demasiado pegado a los demás, tengo una facilidad para acabar solo inaudita. No suelo valorar positiva o negativamente los hechos de mi vida, pero esta ha sido una noche de mierda. Casi rompo a llorar. Me habría gustado que Abril estuviese allí para escucharme. El único residuo que quedará de esta experiencia es la página de diario que estoy escribiendo. Quizá la lea dentro de unos años y me parezca tan cómicamente dramática como todo lo que me sucede.
Unos minutos más tarde, todavía en el tren, me digo a mí mismo: no me arrepiento de nada de lo que he hecho esta noche. Quería dejar que mis circunstancias me llevasen por el camino menos usual, menos sensato. Me he entregado a la irracionalidad. He acabado viviendo una escena patética, deplorable, que me podría haber ahorrado; sin embargo, no cambiaría el haberla vivido por el haberme quedado con las ganas de saber cómo habría sido tomar la decisión más imprevisible. Cuando elijo el lugar al que me quiero dirigir, prefiero guiarme por el atractivo del misterio antes que por mi capacidad de ponderar y razonar. Al menos así lo hago cuando bebo. Me temo que todo este texto puede sonar muy abstracto; espero que no sea así; todos los pensamientos que aquí he plasmado remiten a lo más inmediato y sensible de mi existencia; a lo más blando, duro, seco, húmedo, maloliente, perfumado, mortal.
Llego a Mataró y está lloviendo. Camino hacia casa mientras me mojo. El agua me calma. Doy gracias por poder permitirme mis días, mis noches. Amo a algunas personas y hago lo que quiero hacer. No hay más que pueda pedir. Todo el resto que me ha hecho fruncir el ceño esta velada puede ser obviado. Ando con prisa, pero disfrutando de cada paso. Quiero acostarme ya en mi cama y, a la vez, estoy ansioso por lo que me pueda esperar mañana.

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