(Diario de adolescencia) 3 de agosto de 2017





No ver la realidad como una lucha de opuestos: verla como un problema, como algo singular y a la vez múltiple que no puede caer en la categorización fácil. Saco esto de la lectura de «Theatrum Philosophicum», de Foucault. El otro texto que viene en el libro, «Repetición y diferencia», de Deleuze, empieza bien pero acaba haciéndoseme insoportable: tendré que aprender a leer a este autor.
Ver la realidad como un problema. Lección estimulante. Creo que me servirá para escribir Josep y Pau, puesto que tengo miedo de caer en una dicotomía simplista al tratar el tema de lo femenino y lo masculino. Siento que siempre he escrito sobre lo femenino y lo masculino: desde que empecé a buscar mi estilo (es una búsqueda en parte inconsciente, aunque últimamente insista mucho en ella), me he preocupado por dilemas como el de la calidad delante de la cantidad, el detalle delante de la épica, la extensión delante de la síntesis, lo literal delante de lo hermético. Como todo escritor, estoy profundamente dividido entre opciones que se excluyen: quiero ser claro pero, a la vez, quiero acercarme a la complejidad de la realidad; quiero entender la escritura como algo profesional y serio y, al mismo tiempo, no quiero renunciar a la sensibilidad más intangible que se necesita para apreciar la literatura.
Leo este librito de cien páginas entre la mañana y la tarde. Ya lo había empezado anoche. Leo lentamente porque tengo tiempo. A las cinco, saldré hacia Barcelona; he estado demasiados días sin pisar la ciudad.
Converso con Juan Barenys en la Plaça Reial. Aun no entiendo por qué he pedido un vino blanco si hoy, indefectiblemente, visto de negro. Me regala los diarios de Gil de Biedma; la generosidad es inesperada y siempre me pilla desprevenido.
De vuelta a Mataró, empiezo a leer Los ensayos de Montaigne, otro hombre que intentó entenderse a partir de las palabras; si todo esto no me sirve para conocerme mejor, al menos será lo que quede de mí cuando ya no esté vivo. Sin embargo, ¿qué más da lo que queda sobre la Tierra? La voluntad de perdurar, de tener mi propia gloria, me hizo daño cuando era un niño y no sabía a qué quería dedicar mi vida; seguramente no habría empezado a escribir si no hubiera sabido que algunos autores son recordados.

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