(Diario de adolescencia) 29 de agosto de 2017. Captar la realidad, novela, Beauvoir y Montaigne



Encuentro un gran consuelo en este diario. Me ha costado Dios y ayuda aceptar que mi obra será mayormente autobiográfica, pero ya lo admito con menor esfuerzo. Empecé leyendo novelas de Ruiz Zafón. Esa fue mi primera cata de literatura, a los nueve o diez años. Muy pronto, me sentí traicionado por esos escritores cuyas vidas personales estaban visiblemente desconectadas de aquello que escribían. Sí, la literatura, en parte, consiste en ocultar una realidad detrás de una realidad construida, pero la falta de reflexión sobre sí mismos, de análisis sobre la propia vida, que veía en esos escritores me daba mala espina. En un principio, como todos, creí que la autobiografía, la biografía, las memorias, el diario, etcétera, no tenían ninguna relación con la ficción. Craso error. Siguen teniendo una deuda con la imaginación al igual que la tendrían las obras policíacas o históricas. En cualquier caso, me siento cómodo escribiendo sobre aquello que es más palpable para mí, sobre aquello que veo al abrir los ojos. En la escritura del yo hay construcción artística, innegablemente. En la literatura realista, tanto la decimonónica como la más actual, también. ¿Y qué? No es lo mismo que el objetivo sea captar la realidad que sea intentar captar la realidad. Hoy me despierto tarde, a las ocho, y, hasta las nueve y media, me pongo a escribir. Ya se oye ruido en la calle: la gente ha vuelto a sus puestos de trabajo y la diferencia entre las personas que son remuneradas y cuentan con cierta independencia y las personas que no somos remuneradas y que vivimos atadas a quienes nos mantienen ―es decir, en mi caso, mis padres, todavía― se ha acentuado de nuevo.
El veintitrés de agosto, reemprendí la escritura de Josep y Pau. Ya he adivinado qué me molestaba de la primera versión que había empezado de la novela: en esa, no podía parar de imitar a Rodoreda, exagerando su punto naif. Llevo siete páginas de la nueva versión redactadas. Me satisface. Soy yo. Ese es mi estilo, con pequeños destellos distintivos de los que he ido concienciándome con el paso del tiempo. Hoy no dedico las horas de la mañana a escribir, sino que releo el trabajo hecho. La satisfacción con que me quedo es suficiente para que este martes se tiña de un color amable.
El otro día, abandoné el libro de Eugeni d’Ors a la tercera página. Se me hizo insoportable. Hacía como una conjunción de literatura y filosofía que me aburrió y molestó a partes iguales. Tengo ganas de leer a Beauvoir: en ella, encuentro que literatura y filosofía se entretejen suavemente, sin violencia, inteligentemente. Sigo con Los ensayos de Montaigne, que a momentos hacen que me duerma y a momentos me regalan perlas como: «No creo que en nosotros haya tanta desdicha como vanidad, ni tanta malicia como sandez.» Bravo.

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