(Diario de adolescencia) 26 de agosto de 2017. Clímax, escribir, mala suerte



Siempre he desconfiado de los clímax narrativos. Cierto cine contemplativo (Albert Serra, Lisandro Alonso) me ha permitido ver que el arte puede ser algo más que acción a raudales. ¿En mi vida, hay clímax? Creo en una experiencia de la vida que, sin ser homogénea, es lineal. A veces, ondulante, como diría Montaigne. Otras veces, plana como un encefalograma. Entender la vida como una línea, quizá, es lo máximo a lo que podemos aspirar para averiguar qué hacemos aquí. Dicho esto, va siendo hora de empezar a hacer cosas. Me levanto de la cama de mis padres y miro hacia las paredes de la habitación. Las esculturas de ángeles siguen allí, observándose las unas a las otras. Hoy sería un buen día para escribir.
Entre tantas preocupaciones sobre cómo volver a empezar la novela, me echo a teclear sin pensármelo demasiado y parece que la cosa funciona. Si bien las cinco primeras páginas que escribo no son lo que imagino como un arranque narrativo impresionante, quedo satisfecho con el aspecto de la cantidad: en la pantalla de mi ordenador, un documento de Word con párrafos y más párrafos que se entretejen externamente a partir de los interlineados y sangrías.
Por la tarde, a las seis, espero el autobús en la marquesina. Una familia comenta el atentado; uno dice que solo quiere vivir tranquilamente, saber que puede caminar por la calle con seguridad. El autobús se retrasa cinco minutos y me paro a pensar en la noche de hoy: después de hacer una visita en el hospital, saldré de fiesta con Abril. Hace tres semanas de la última vez que salí de fiesta. Mi cotidianidad ha cambiado radicalmente desde entonces.
El teléfono deja de funcionarme mientras estoy en el autobús. Mierda. Como que hay una manifestación en Barcelona, bajo en una parada alternativa. Busco el metro. Corro para subir a un vagón y las puertas se cierran justamente cuando estoy pasando; algún día tenía que ocurrir. Hago un transbordo y llego al hospital sudando. Mi teléfono sigue sin funcionar y estoy preocupado por cómo me comunicaré con Abril. No presto atención a lo que me cuentan en el hospital y me siento como una mala visita, como un impresentable. Sentado en la habitación, echo la cabeza para atrás y me digo que sí, que esta tarde estoy teniendo mala suerte. Estos últimos días de vacío y pensamientos negativos solo podían favorecer que, cuando saliese a la calle, dudase de mi capacidad para enfrentarme al mundo. Consigo contactar con Abril aunque el móvil sigue sin funcionarme. Bebemos cava y vino rosado en su casa. Vamos a Ultrapop. Luces, himnos de Fangoria, un chico con una preciosa peluca rosa. Acabamos agotados.

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