(Diario de adolescencia) 21 de agosto de 2017. ¿Novela?, criterio de calidad, hospital



Sé prudente antes de emprender una novela de nuevo. ¿Estás seguro de que lo que quieres escribir es una novela? ¿Acaso lo que sueles leer son novelas? ¿Es el género más adecuado para expresar lo que quieres expresar? Es cierto que entraste en la literatura a través de las novelas, porque tu madre te compró la primera y tú te hiciste con toda la producción del mismo autor. No obstante, eso significa poco; eso solo significa que la novela es un género de gran vitalidad en tu siglo —no por ello el género que tengas que usar. Lo que tú querrías es solo escribir diarios, dietarios, memorias... Pero todos esos libros suelen ser vistos como el residuo de los grandes autores; tú, inconscientemente, aún albergas el deseo de llegar a ser uno de ellos, por más que te repitas que eres un solo ser humano y que el ser humano es insignificante, el sueño de una sombra. También querrías escribir artículos y ensayos; sí, quieres hablar de tu tiempo; la cuestión siempre es la misma: ¿para quién escribir? Solo escribes para ti mismo en parte; en realidad, la literatura, entendida perfectamente dentro de la comunicación, requiere dos interlocutores.
Hoy no escribo. Me limito a publicar en mi blog el microcuento que creé ayer. Si me preguntasen cuál es mi criterio de calidad, diría que no tengo tal cosa. Todo lo que escribo acaba siendo publicado en ese cajón de sastre. Como ya tengo dicho, las obras con las que quedo menos satisfecho, en ocasiones, son las que complacen a los lectores. Curiosamente, también se cumple que esas que supongo éxitos son las que no transmiten nada a los demás —con todavía mayor frecuencia.
En un vagón de metro, una pareja se besuquea haciendo equilibrios. Están de pie. Él se aferra a una barra de metal y ella lo abraza. Los rasgos del chico son finísimos; en el andén, antes, mirándolo, he fantaseado con que su acompañante solo fuese una amiga; ha sido una fantasía inútil, lo sé, ¿pero qué fantasía no lo es? Mientras juntan sus labios, dos chicas sentadas los observan y cuchichean; deben ser adolescentes y me aventuraría a decir que solo ven el bienestar en la imagen de un beso.
En el hospital, las preocupaciones se vuelven banalidades del día a día y eso es un claro indicio de que el riesgo ya ha pasado. La ciudad, vista desde este trigésimo piso, parece intocable, irrompible también, como si solo hubiera sido hecha para que la contemplasen. Si normalmente ya tengo pocas habilidades sociales, todavía encuentro más dificultades al charlar con un enfermo. «Es curioso.», me digo. «En los momentos de bienestar, solo se me ocurre pensar con esperanza. El futuro se ve estable y soleado. En momentos de enfermedad, incluso cuando ya no hay por qué inquietarse, lo único que se me pasa por la cabeza es que llegaré a la madurez y seguiré sin saber cómo cuidar de mis seres queridos en sus momentos de debilidad.» Odio ser siempre el pequeño, el que no interviene, ese al que piden que se esté quieto. Al mismo tiempo, si no jugara este papel dentro de mi familia, probablemente no daría la importancia que doy a la observación, a escuchar y anotar. Intento que la visita sea lo más breve posible y regreso a Mataró.

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