(Diario de adolescencia) 2 de agosto de 2017



Empiezo la mañana releyendo las páginas que llevo escritas de novela. Corrijo poco. Abro una pestaña a YouTube y me distraigo demasiado: «Ya hace cinco años de ese anuncio de Loewe que trajo tanta polémica, madre mía.» ¿Cuánto ha cambiado en estos cinco años? Incluso si pienso en las cosas que han cambiado en los últimos meses, me quedo sorprendido: ayer, pasando con el tren por Arenys de Mar, recordé esa boda a la que fui a finales del año pasado; todo ha dado un vuelco asombroso, aunque mis rutinas siguen siendo casi las mismas. Las personas transitan por nuestra vida como fantasmas; a veces creeríamos que la vida social es algo insignificante porque, tan pronto como alguien llega, se va.
¿Cómo me imaginaba mi propia vejez de pequeño? Me la imaginaba llena de dulces. «Como que ya me quedará poco tiempo, podré comer tantos postres como quiera.» Fui un niño gordo y cariñoso. Quizá de anciano acabe siendo igual; poner el punto final a la vida tal como se la empezó.
Mientras tiendo la ropa, me siento inútil. Adoro las tareas domésticas, he aprendido a apreciarlas con el tiempo. Sin embargo, hoy no he escrito ni una sola página y no sé si algún día seré capaz de concebir las obras con que llevo tantos años fantaseando.
¿Cómo fue mi infancia? Cualquier tiempo pasado fue mejor desde el momento en que entonces nos quedaba más tiempo del que nos queda ahora. Si lo mejor está por llegar, tendré que armarme de paciencia, pero hay días en que solo me veo a mí mismo yendo de mal en peor. Engordando, haciendo más faltas de ortografía, sin haber trabajado remuneradamente nunca… Siento que esas cosas me persiguen y que ayudan a que acabe contándome mi propia vida como si fuese la narración de una decadencia. Necesito pensar más, leer más, callar más. Estos últimos meses, he perdido un poco el rumbo: la vida sincera y amable en que creía se ha empezado a alejar de mí porque he permitido que cosas que no quería en mi día a día se inmiscuyeran en él. (Si me defiendo diciendo esto, en definitiva, es porque temo ser demasiado permeable. Ya me sé infinitamente frágil.)
En el «Magazine» de La Vanguardia, entrevistan a Siri Hustvedt: «Sin calma (y una mente abierta) la creatividad no aflora.» Debemos reivindicar el aburrimiento, la vida tranquila. Marina Garcés decía que la filosofía, en gran parte, consiste en una tarea de vaciado. Me parece que cualquier actividad artística requiere asimismo ese vaciado, ese ir a la raíz de las cosas para encontrar su manifestación más emotiva y honesta ―incluso cualquier vida que se quiera ética. Con mis escritos, pretendo hacer una manifestación de lo que reconozco como la realidad sin intentar mostrarla en su totalidad o de un modo concluyente.
Ya tarde, voy a comprar una silla de escritorio con mamá. «Silla vanguardista», dice el cartel. Vaya: ¿se referirá a que es incómoda? Por lo menos es simple, negra… El minimalismo es interesante en la medida que la vida ya es suficientemente barroca como para que le sigamos añadiendo florituras. Aun así, escucho «Más es más» de Fangoria y no podría estar más de acuerdo con la letra.

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