(Diario de adolescencia) 19 de agosto de 2017. Noche maravillosa, Sartre, Hospital de Barcelona



Noche maravillosa en comparación con las anteriores. No tengo fiebre y noto poco las anginas. Hacía tiempo que no soñaba con algo tan desconectado de mi vida cotidiana; disfruto de una fantasía. De madrugada, me despierto y tengo que cambiarme dos veces de pijama porque me noto empapado de sudor. Lo peor es que las sábanas también están húmedas y sustituirlas por otras no es tan fácil, así que tengo que aguantarme. He dormido en la cama matrimonial de mis padres; la suya es mi habitación favorita de toda la casa: parece un cielo; la tienen decorada con estatuas y pinturas de ángeles, espejos, flores de plástico, fotos viejas y el parqué oscuro que tanto adoro pisar. Ayer, al acostarme, oía todo tipo de ruidos; me asusté verdaderamente, como cuando era un niño y todo sonido me parecía el indicio de que un ladrón había entrado en el piso.
Me levanto pronto, a las seis, con la esperanza de poder recuperar, en la medida de lo posible, mi rutina. He crecido en una familia que siempre ha valorado seriamente la constancia, la circularidad, hacer camino poco a poco. Cuando me sacan mis horarios, me siento confundido, hasta que, con cierta resignación, me convenzo a mí mismo de que toda constancia es provisional y que no puedo creer ni que lo más estable de mi vida sea permanente. A las siete, reabro el archivo de la novela y leo las páginas que llevo redactadas de principio a fin; intentaré escribir de nuevo.
Empecé a escribir la novela teniendo presentes unas palabras de Sartre: «En toda investigación atinente a la interioridad es un principio metodológico comenzar la averiguación por la fase última de la experiencia estudiada, es decir, cuando esta se presenta al sujeto mismo en la plenitud de su desarrollo ―ocurra lo que ocurriese después― o sea, como una totalización que, sin que se la pueda llamar consumada, ya no podrá ser continuada.» Quizá mi error haya sido fiarme de un principio metodológico para una novela. Cuando estoy desorientado, intento aferrarme a lo que suena más científico, como creo que hace una amplia mayoría del mundo. Volveré a escribirla desde el principio, empezando por un punto distinto al que había querido que fuera el inicio. El tema central de esta novela está tan enraizado en mi vida que temo tratarlo injustamente, con demasiada ligereza. Veremos.
Hace unas semanas, en un concierto de El Pèsol Feréstec, escuché un verso de Blai Bonet: «Que ningú no digui “l'altre” a un altre.» No pude olvidarlo. Me ha estado inquietando como el guisante molestaba a la princesa en un cuento de hadas. Habiendo buscado el reconocimiento de los demás desde que éramos niños, no hay nada que nos duela más que la mirada de alguien que no quiere comprendernos, como si creyera imposible toda comunicación aun hablando la misma lengua y perteneciendo a la misma especie.
Es un alivio no tener que volver a Can Ruti. Pronto, me dirijo a Barcelona en autobús y tomo el metro hacia Maria Cristina. Las visitas, a partir de ahora, serán al Hospital de Barcelona, donde le han trasladado. Aún en el vagón, abro la aplicación de notas del móvil y apunto: Quiero engordar, adelgazar, cortarme el pelo, dejármelo largo, ver cómo todos esos aspectos de mí mismo que cuido u olvido se transforman.
Lo más alegre que tiene la habitación del hospital, como ya suele ocurrir en el interiorismo americano, es el baño. «Las cosas bonitas tienen olor.», me dice desde la cama, rechazando su dosis de potasio. Las vistas desde la ventana son desbordantes; Barcelona se extiende como el hormiguero, como el rusco, como la granada de hormigón y cristal que verdaderamente es.
A las cinco, vuelvo en metro y me doy cuenta de que no llegaré a tiempo para tomar el autobús. El siguiente no pasa hasta dentro de una hora. Decido bajar una parada antes de Plaça Catalunya: Liceu, que tiene su boca en Les Rambles. Salgo al exterior y observo. Sí, ese silencio de los lugares sagrados llenos de gente, como las iglesias o los campos de exterminio. Una chica que probablemente se fotografía en todos los sitios a los que va no sabe qué cara poner ante el objetivo de su móvil. Alguien que asciende por la calle, cerca de mí, empieza a aplaudir, pero solo una persona le sigue, así que en pocos segundos desiste. Los taxis pitan. El tiempo, hoy sí, acompaña: un cielo gris que ayudará a nuestra memoria a grabar las imágenes de los días después. Es curioso que, de un día para otro, Les Rambles haya pasado de ser vista como una calle conquistada por los turistas a ser la perfecta evocación de la maldad, lo irracional, el azar, la muerte.
Hay gente que corea: «No tinc por!», y gente que corea: «¡No tengo miedo!» No creo que la elección de una lengua o la otra sea ruin. Lo es, en cambio, criticar a quienes protestan ante el terrorismo por haber escogido espontáneamente una de sus dos lenguas maternas.

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