(Diario de adolescencia) 18 de agosto de 2017. Noche con fiebre, el periódico de hoy, vacío de agosto



Noche horrible. He llegado a treinta y nueve de fiebre. Al intentar tragar saliva, sentía tanto dolor que me desconcentraba y veía imposible conciliar el sueño, aunque mamá asegura que me ha oído roncar. En cualquier caso, me he ido despertando intermitentemente y, cada vez que lo hacía, me preguntaba: «¿Será cierto lo que ocurrió ayer en Barcelona?» He sido tan feliz paseando solo por las Ramblas que no puedo creer que no volverá a ser el mismo sitio: confío en que, sin haber olvidado la tragedia, de nuevo celebraremos la belleza de una calle como aquella.
Habiéndome levantado, me tomo un antibiótico y un paracetamol; hago gárgaras de tomillo hasta que el agua me empieza a chorrear por las comisuras y me moja el pijama entero. Me visto y voy al supermercado a comprar el diario: necesito que un periodista me aclare lo que sucedió ayer; entre mi propia incredulidad y la confusión que generan las avalanchas de información de las redes sociales, no sé en qué confiar.
El día pasa como todos los de agosto: con un gran vacío. Nada que hacer, todo por empezar. No soy perezoso, pero me siento incapaz de moverme cuando no tengo ningún proyecto comenzado, nada con lo que ocuparme las manos, y quedan tantas horas para que llegue la noche. Veo una película de Sofia Coppola que parece más vieja de lo que es y leo a Montaigne.
Por la noche, antes de acostarme, empiezo un libro de Eugeni d’Ors. En el prólogo, se dice que solo hay un motivo por el que se le podría criticar. En verdad, ¿quiénes somos para condenar los actos de los demás, sobre todo cuando quedan fuera de la ilegalidad?
Hoy dormiré solo en casa y no aguanto esta sensación de que la vida, tal como la conocía en mi infancia y adolescencia, ha cambiado drásticamente. No sé dónde iré a parar si, ya tan pronto, a mis diecinueve años, echo de menos algunos defectos y virtudes que tenía de niño: la ambición, el cariño, la risa fácil… Considero la ambición entre los defectos, aunque, hoy por hoy, se me hace difícil levantarme por las mañanas sin la garantía de que voy a hacer algo literariamente relevante. Nunca tuve esa garantía, pero me convencí de ella; me dije que, si quería algo, podía lograrlo. Quizá esto último sea cierto, pero también es cierto que, desde el momento en que nos ilusionamos con algo, abrimos la puerta a la frustración.

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