(Diario de adolescencia) 17 de agosto de 2017. Fiebre, anginas, Montaigne, gente parada



Esta pasada noche, casi no he podido dormir; me he ido despertando cada dos horas, más o menos. Por la mañana, me levanto con fiebre y mareos. Se me pasa. Voy a un edificio de la seguridad social y me atienden en urgencias: en efecto, como creía, tengo anginas y una congestión nasal importante. La primera enfermera con quien hablo me receta unas hierbas y me recomienda que no tome pastillas cada vez que me suba la temperatura automáticamente; la doctora que me visita más tarde, por el contrario, me receta un antibiótico y paracetamol. En fin. Salgo de ese lugar con la cabeza como un bombo, sin tener claro si me tengo que dirigir a una herboristería o a una farmacia.
Vago por Mataró y voy entrando y saliendo de distintas farmacias. Casi todas las herboristerías que encuentro están cerradas o no tienen todos los productos que la doctora me ha dicho. Acabo rindiéndome y entro en la siguiente farmacia con que me topo: Juanola, paracetamol y ya basta. Son las once, casi las doce, y recuerdo que no he escrito durante toda la mañana ni se me ha ocurrido una sola idea que explotar literariamente. De nuevo en casa, hago unas gárgaras de tomillo y recuerdo a la enfermera de esta mañana diciendo: «El problema es que lo queremos todo inmediatamente. Por eso creemos que podemos tomarnos una pastilla y el problema ya está solucionado, pero la fiebre, dentro de unos límites, puede tolerarse y, de hecho, es bueno que se tolere.» Quizá, alguien que confíe en que podrá llegar a conocerse a sí mismo también podría confiar en que su propio cuerpo tiene los recursos suficientes para sanar algunos problemas.
Por la tarde, leo Los ensayos de Montaigne con el convencimiento de que tardaré semanas ―incluso meses― en acabar este libro. Sé que soy un lector lento y, en realidad, hasta diría que no podría disfrutar un libro si su ritmo me obligase a devorarlo en lugar de saborearlo; por eso mismo la intriga en las novelas no es algo que me preocupe. Leo porque hay pocas cosas más que se me den bien; leo porque cada frase comprendida contribuye a cambiar mi interior; leo por el placer de perderme en lo que leo, de confundirme con la voz del autor y pasar a ser él un poquito.
Salgo a la calle en dirección a la farmacia y me doy cuenta de que casi toda la gente con que me cruzo está parada y mira fijamente hacia la pantalla de su móvil. Los pocos que andamos lo hacemos con cierta desorientación. Después del atentado en Barcelona, no hay mucho que pueda decir. Solo pienso en el silencio. Mi silencio, mi vacío. El vacío necesario para estar atento. Estar atento para escuchar los relatos de quienes están sufriendo directamente. A través de la palabra, se construirá el recuerdo de lo sucedido. La palabra es uno de esos hermosos gestos que unen a la humanidad diariamente y en momentos excepcionales. Vuelvo a ver transeúntes que miran hacia sus teléfonos y comentan lo que ha pasado: en lugar de «Nada humano me es ajeno.», hoy podríamos decir: «Ningún humano me es ajeno.», porque es lo que, de una forma u otra, todos nos decimos a nosotros mismos.

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