(Diario de adolescencia) 16 de agosto de 2017. Reflexión en el coche, Bresson



Cuanto mayores nos hacemos, más distintos son nuestros estilos de vida entre sí. He dejado de compartir lo que compartía con mis compañeros de colegio; dentro de un tiempo, me desharé de las cosas que tengo en común con la gente de mi carrera. Curiosamente, aunque nuestros estilos de vida distan, es a medida que pasa el tiempo que aprendemos a reconocer el peligro, las oportunidades, cierta belleza, etcétera. A través de la distancia que se genera entre unos y otros, nos formamos unas convicciones que estarán en la base de nuestra experiencia vivida. Pienso esto en el coche. Un día más en el hospital. Siento que no estoy haciendo nada por ayudar. No sé cuándo hablar, cuándo protestar. Nunca lo he sabido. Habría sido necesario que fuese un niño mínimamente rebelde para que aprendiese a actuar con fuerza sobre mi realidad; por el contrario, siempre fui muy callado y sigo siéndolo, con las ventajas e inconvenientes que ello conlleva.
Anoche vi una peli de Bresson ambientada en una cárcel. Cárceles, hospitales y colegios: hay algo que los tres sitios comparten. Si hubiera sido el protagonista de esa peli, no habría hecho ni el menor esfuerzo por escaparme de mi celda; habría conseguido una Biblia y me habría dedicado a leerla sin cesar, en busca del consejo moral definitivo, de los imperativos que me tranquilizasen.
Mañana de lluvia tibia, fina. Leo en la cafetería. Recuerdo una imagen del sueño de anoche: me había afeitado la mitad del bigote y estaba muy inquieto por la falta de simetría entre una parte y la otra. He intentado sacar a flote algún otro momento de ese sueño, pero ha sido imposible.

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