(Diario de adolescencia) 15 de agosto de 2017. Entrada del hospital, cafetería, tren



A las doce, antes de llegar a la puerta giratoria del hospital, veo un vagabundo estirado en el suelo. «Por favor, señor...», dice. Paso de largo. «Mariquita, maricón.», dice a mis espaldas. Me deja el cuerpo desasosegado hasta al cabo de un rato.
Las vistas desde la ventana de la habitación son generosas: las montañas del fondo y la parte de edificio que se ve delante; todo destila la paz del mediodía, de este agosto, de un lugar apartado de la ciudad al que no alcanzan los ruidos más estridentes. Cuando la hora de visitas termina, voy a comer a la cafetería del hospital. Macarrones, bacalao... «La comida de los hospitales ha cambiado.», comentan. A las cuatro de la tarde, me entra una modorra fatal y corro a la barra a pedir un café con leche. Me espabila.
Más tarde, desde el tren, veo una playa con gente en bañador y sombrillas por todas partes; parece un belén de figuritas con el mismo tono de piel; desde este vagón, no se oyen sus voces; la panorámica es muda y diría que más hermosa que si me llegasen las voces de los veraneantes. Llego a la estación de Mataró y giro la cabeza hacia la estatua de Hermes que saluda a los viajeros. Mientras subo a casa, llovizna con una suavidad desganada. Hace días que no escribo ni una sola página de la novela. He tenido excusa: las visitas al hospital. Sin embargo, ¿seré capaz de retomarla?

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