(Diario de adolescencia) 14 de agosto de 2017. Playa de Mataró, agosto desierto, hospital



Después de tantos días durmiendo seis horas, hoy esperaba poder hacerlo hasta las diez, pero he oído una voz antes y he decidido levantarme: no sirvo para volver a conciliar el sueño cuando me lo han interrumpido. A las once, bajo con Paula y Maria a la playa de Mataró y me sabe raro que ayer estuviese en un contexto tan distinto a este, tan silencioso y replegado. Desde el paseo marítimo, disfruto de una vista en que nítidamente se separa la línea del cielo de la línea del agua y la línea de la orilla; hacía tiempo que no me bañaba en el mar como lo he hecho hoy; he olvidado cómo nadar y parezco un flotador desinflado cuando lo intento.
Tarde, a eso de las siete, me llevarán al hospital. Mataró no ha cambiado en estos últimos días. Lo bueno que tiene agosto es que la ciudad queda en suspensión. Las calles no están vacías, pero los pocos transeúntes que se encuentran en ellas no tienen ganas de hablar; solo quieren entrar de nuevo en casa y estirarse sobre un sofá.
Es un alivio no tener que ir a la UCI. Esa sección se encuentra en el segundo piso del hospital, pero dirigirse hacia allí es como descender por algo terrible. Los lugares son horribles; los enfermeros son lo más próximo que existe a los ángeles, con sus batas blancas, sus mensajes tranquilizadores y su cadencia de voz. Subo a la nueva planta en que lo han instalado y me quedo durante toda la hora de visita.
Una vez más, al salir del hospital, me quedo maravillado con el crepúsculo: sobre un azul oscuro, se recortan las colinas en la más absoluta calma. En el parking, solo se oyen ruidos de pies humanos y de motores arrancando. No se habla. Todo el mundo está cansado. Es sorprendente que incluso ir al hospital se pueda convertir en una rutina. La capacidad que tiene el hombre por adaptarse a las situaciones más dispares es asombrosa. Solo pienso en dormir; de vuelta a casa, no quiero ni dar vueltas a qué podría apuntar en este diario sobre hoy.

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