(Diario de adolescencia) 13 de agosto de 2017. Sentirse como un niño, seguir aquí



Ayer, me acosté pensando en estas palabras: «Me tratan como si fuese un niño.» Tal vez no deberíamos olvidar el niño que fuimos a medida que crecemos. Más bien podríamos echar de menos la calidez con que nos hablaban en nuestra infancia, puesto que el mundo se vuelve raramente frío cuando avanzamos hacia la adultez. ¿Es realmente necesario olvidar esa calidez, sentirnos extraños cuando alguien nos trata con la delicadeza con que se trataría a un niño?
Voy al hospital a las ocho, a cumplir con la hora de visitas. «Le he dicho a un enfermero que escribes y que, cuando salga de aquí, te describiré lo que he sentido aquí para que lo cuentes en un relato.» Las habitaciones de la UCI no parecen el lugar más indicado para favorecer una recuperación, pero tendremos que hacer caso a los médicos. Algunos pacientes se quejan porque no les dejan ir al baño: «Dicen que aquí no hay lavabo.»
Vuelvo a Mataró a media mañana. Al pasar por delante de la cárcel, me quedo mirando los barrotes de las ventanas: parecen huesos humanos, con sus nudos y su longitud. El cráneo es una de las primeras cárceles en que encerramos lo que somos; al mismo tiempo que no podríamos vivir sin él, su dureza también puede ser un inconveniente.
Escribir se ha vuelto una actividad tremendamente discreta desde que no es necesario una libreta y un bolígrafo para llevarla a cabo: simplemente, saco el móvil de mi bolsillo y hago como si enviase un mensaje. Fantástico. Las calles con curvas del centro de Mataró: no sabes qué te encontrarás en el siguiente recodo. Después de comer aquí, regreso al hospital. Subo al tren, bajo en Badalona, busco un autobús. Los domingos, algunos buses cambian su recorrido y vagan por la ciudad como poseídos, sin que se llegue a saber a ciencia cierta en qué marquesinas se pararán y en qué marquesinas no. Badalona, como Mataró, tiene algunas pinceladas de modernismo en sus calles más concurridas, pero la gente ni las fotografía ni apenas parece mirarlas. Los turistas echan fotos a los edificios modernistas de Barcelona porque sus guías les han mandado que lo hagan; el modernismo de otras ciudades de la costa sigue siendo secreto, desconocido, sorprendente. En el autobús que me lleva a Can Ruti, una chica de ojos azules, tez blanca y melena larguísima viste una camiseta ancha que le tapa el bañador y le llega hasta las rodillas; su ceño fruncido se me graba en la memoria; hay pocas cosas que me impacten más que alguien que no solo no sonríe indiscriminadamente a todo el mundo, sino que tiene de forma natural la pose de alguien enfadado. No vuelvo a Mataró hasta las diez y pico de la noche; un día más, me acostaré muy tarde y me quedaré dormido inmediatamente; olvido completamente las noches en vela cuando mi cuerpo está en ese punto en que podría dar más, pero nada mejor.

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