(Diario de adolescencia) 12 de agosto de 2017. Lucha de opuestos, el hospital



Dicen que hay dos grandes fuerzas opuestas: el amor y el odio. Sin embargo, en los momentos de debilidad, el odio se demuestra completamente innecesario. Salimos a las ocho y pico de la mañana de Mataró y no esperamos volver hasta la noche.
Conversación en la cafetería del hospital. No intervengo. «Lo que puede decir la metafísica, la filosofía, etcétera, es muy poco. Uno tiene que guiarse por la lógica que ve en las cosas, establecerse un sistema. Después de esto, la nada.», escucho. Aún no he pasado del estadio de ver la nada en todas las cosas. «En mi vida, necesito orden. Si quiero entender algo, lo único que pido es que me lo expliquen ordenadamente.», también escucho. Luego, intento leer a Víctor Català pero me desconcentro rápidamente porque solo he dormido cinco horas y los ojos me escuecen. Hace días que no me muevo: busco un lugar donde sentarme en el alrededor del hospital y me quedo embobado, mirándome los zapatos o tocándome la nuca con la mano.
La recepción es amplia y silenciosa. A las tres de la tarde, no hay casi nadie. Los tacones resuenan sobre el suelo de mármol. Médicos, enfermeros. Entran, salen. Visitantes preocupados, visitantes fatigados por sus ya odiosas rutinas. El personal de aquí habla con seguridad y tranquilidad como si no se encontrasen en un lugar semejante: se aprende a convivir con todo tipo de situaciones, con todo tipo de dolor, porque lo más humano es fluir con el tiempo y oponerle cierta resistencia, no quedarse paralizado. Una familia entera, callada, sale por la puerta giratoria.
Cada vez encuentro más importante tomar fotos de los sitios a los que voy, de las personas con quienes estoy, de todo cuanto me rodea. Siento que, en la medida en que fotografío la realidad física, me apropio de ella, de la misma forma que inmortalizo mi experiencia de las cosas cuando escribo sobre ellas o hago algún garabato en que muestro cómo las veo. La realidad tiene que pasar por mis manos, por mi criterio estético, por mi mirada y aprobación, para que me pertenezca. No tengo más propiedad aparte de lo que escribo, fotografío, dibujo. Todo lo demás, quizá, es provisional.
Alrededor de Can Ruti, se hace de noche con una calma hibernal. Ya no se ve el disco del sol; solo queda un rastro color oro que se esconde detrás de las montañas. Los árboles me recuerdan el brócoli del plato que había en una de las habitaciones de la UCI. Brócoli algo mordido, muy poco. En la autopista, abandonamos la visión del cielo y lo único que queda en primer plano son las señales de tráfico azules y rojas iluminadas. Vamos a oscuras en el interior del coche.

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