(Diario de adolescencia) 11 de agosto de 2017



La previsión es que pase todo el día en el hospital de nuevo. Al salir de casa, cojo dos libros para la sala de espera. Uno es sobre teoría literaria: me siento ridículo leyéndolo en un lugar como es al que me dirijo. Son las ocho y cuarto y no encontramos muchos coches en la autopista. La velocidad. Automóviles que se deslizan como si se los llevara una brisa y que, en realidad, van a cien kilómetros por hora.
«Pero cuando un príncipe va a hablar, hay que hacer silencio.» Me he acordado de la introducción de las Cartas a un joven poeta antes de salir de casa. No sé si hay personas destinadas a la acción y personas destinadas a la pasividad, pero, de los remordimientos por ser del segundo grupo, he pasado al respeto (en una de sus formas más sutiles y prácticas: el silencio) por quienes saben qué hacer en cada momento. Creía que el don de la oportunidad consistía en ver lo que le favorecería a uno en el futuro; tal vez, contrariamente a eso, el don de la oportunidad sea el de quienes responden a cada hecho que se les pone delante con rapidez, seguridad, etc. Y, sin embargo, ¿qué hacer con quienes no cumplimos esta especie de expectativa? ¿El ser humano se mide por sus acciones, realmente? Nuestro pasado y nuestra cotidianidad nos configuran de una manera que queda definida, sobre todo, en los momentos cruciales: sin unas personas que hagan la función del hormigón, quienes dejan acceder la luz como cristales no podrían brillar con todo su talento. No sé si todo esto solo lo digo para justificar que sea una jodida piedra, alguien inmóvil (me asustaría llamarme «inmovilista»). Tantas páginas escritas, tantas pajas mentales, solo sirven para comprobar mi incapacidad para pasar a la práctica.
He bebido un café con leche antes de salir de casa. A las diez, ya llevo tres cafés. Encuentro una colilla con marcas de pintalabios en el suelo y recuerdo el sábado pasado; qué raro y excitante fue volver a maquillarme. Es impresionante que haya gente que no pierda el entusiasmo de su carácter ni en sitios así. Las vistas que hay desde el exterior, con las ciudades al fondo, incrementan esta sensación de vida en pausa.
Tomo el tren de vuelta a Mataró a las cinco. Las estaciones del Maresme están tan cerca de la costa que, cuando se abren las puertas, una ráfaga de azul sube hasta cada vagón. Un hombre que viaja sentado es calvo; hoy ya me he quedado mirando fijamente a dos calvos; sus cejas contrastan con la piel como en otros rostros es el cabello el que disimula el color del resto.
Hago algunas compras por Mataró y, a las siete y media, me pongo en dirección de nuevo a Badalona. El horario de visita es de ocho a nueve. No sé si llegaré a tiempo. En cualquier caso, el tiempo acompaña: ha lloviznado durante un rato, pero luego el cielo ha decidido ponerse un poco clemente y el sol, de nuevo, se deja entrever por unas montañas mientras anochece.

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