(Diario de adolescencia) 20 de agosto de 2017. Puertas cerradas, empezar la novela, Barcelona



Pasaré las próximas semanas durmiendo solo en casa. Anoche, me vinieron ganas de cerrar todas las puertas antes de acostarme. Poder ver, desde una sala, el resto del piso en la más absoluta oscuridad, en el silencio de donde no hay vida humana, se me antojó terrorífico. Dormí bien y hoy me he despertado sin fiebre, notando apenas las anginas, dispuesto a volver a algunas rutinas.
Quisiera retomar la novela desde el principio cuanto antes mejor y tengo claro el punto de partida. ¿Cuál es el problema? Que no sé cómo me lo haré para darle una continuidad, para no despistarme a medio proceso y salir de la especie de hipnosis ficticia, de mezcla entre mi vida y la historia contada, que experimento cuando escribo algo tan extenso. Decido empezar escribiendo un microcuento; ya veré a dónde me lleva.
Desaprovecho la mañana entre cosas que no son prioritarias y pierdo una cantidad de tiempo descarada mirando el móvil. Por suerte, consigo escribir un microcuento bastante unitario y eso me ha arreglado el día. Sin embargo, no es el tipo de texto que aspiro a escribir; quisiera hacer algo más próximo al periodismo y más alejado de algunos recursos narrativos que solo provienen del ingenio ―todo ello sin salir del campo de la literatura.
Almuerzo pronto, a las doce, mientras miro las noticias. Hacía tiempo que no encendía el televisor. El atentado del otro día ha vuelto a clasificar la política del país entre las telenovelas más seguidas de la actualidad. Un poco después, salgo en dirección al Hospital de Barcelona.
Hay días en que no escribiría una sola frase en este diario. Sin embargo, la experiencia me dice que, a veces, sin tener ganas de escribir en absoluto, acabo haciendo los textos de los que me siento más orgulloso. Y así pasa con todas esas actividades que se pueden mantener constantes.
Después de hacer una visita rápida en el hospital, me encuentro con Abril. Los temas se encadenan como notas musicales. El próximo curso, empezaré la carrera de Filosofía junto a ella y sé que, a través de las clases y de las conversaciones que mantengamos, recibiré tantos estímulos de ideas que la cabeza me acabará estallando. Siempre que hablo con Abril, vuelvo a casa con decenas de pensamientos revoloteándome por la cabeza. Es un caso excepcional de compenetración con otra persona; digo que es excepcional porque, aunque me comunico con eficacia con el resto de la gente que habla la misma lengua que yo, me cuesta encontrar personas que me saquen de mi silencio... O, más que silencio, mutismo.
Regreso, más tarde, al hospital. La luz de las siete de la tarde quema a través de una ventana. Me siento en un sofá de la habitación y quiero ponerme a leer, pero empiezo a mirar fotos en Instagram y el tiempo me pasa volando. ¿Me estaré degradando como lector? ¿Me estaré degradando en general? En realidad, no hay algo así como una decadencia o un ascenso; esos son los nombres que ponemos al relato de nuestra propia vida, los cuales no se corresponden con lo que realmente es esta. Sin embargo, la sensación de que cada día soy más estúpido es innegable.

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