(Relato) Medea



Si no hubiera venido hacia mí, no habría surgido ningún problema ni habría tenido historia que contar. El error estribó en pensar que todos buscamos lo mismo. Nadie busca lo mismo. Hay quien no busca y hay quien busca un ideal más concreto de lo que él mismo está dispuesto a reconocer. Hay quien no busca: esta idea es obsesionante. ¿Cómo puede no buscarse en tan poco tiempo como es el que pasamos en este mundo?
Si me preguntas de qué manera lo conocí, diré que ese no es un dato importante. Lo que me parece relevante es que, de entre toda la gente que pasa por delante de nuestros ojos a lo largo del día, me escogiera a mí. Decidió que sería a quien preguntase: «¿Cómo estás?» como a alguien se le podría decir: «Te he elegido de entre miles de posibilidades.» Algunas preguntas enmascaran afirmaciones.
Decidimos salir de fiesta juntos y sabíamos lo que sucedería. O, al menos, sabíamos una parte de lo que sucedería. Planificamos nuestra propia vida como si fuese una novela sin darnos cuenta de que no somos ningún narrador omnisciente. Por más sueños que hayamos imaginado, luego llegaran hechos que impedirán que los llevemos a cabo y, sin darnos demasiada cuenta, los olvidaremos.
Había comprado una cajetilla de tabaco. La había dejado sobre la mesa del bar, abierta, como embobada. Faltaban dos cigarrillos: del primero, solo quedaba la ceniza, que había caído como maquillaje en polvo sobre mis pantalones; sostenía el segundo entre dos dedos, esperando a que se consumiese hasta la boquilla.
En cualquier momento aparecería. ¿Por dónde? No tenía ni idea. Me encontraba en una terraza, por lo que tanto podría ser que se me acercase por la derecha, como por la izquierda, como por delante… ¡Ah! Noto unas manos que se posan sobre mis hombros; sonrío antes de haber confirmado que es él. Se pone a mi lado y me pregunta qué quiero tomar: «Voy a invitarte a esta primera ronda.» Bien. Lo acepto. Tenemos toda la noche por delante y ya habrá otra ocasión en que pueda ser yo quien lo invite. Entra al bar y, al cabo de unos minutos, sale de nuevo a la terraza con seis cervezas. La desconocida de otra mesa se nos queda mirando y reímos; viste con estilo y es guapa: ¡qué lástima no poder conocer a todo el mundo!
Hablamos, pero ninguno de los dos estaba interesado en lo que el otro decía. Hablamos centrándonos en la cadencia de la voz del otro. Hablamos sin mirarnos fijamente pero, cada vez que veía que giraba la cabeza hacia un lado, aprovechaba para observar su cabello, su cara, su cuello, su oreja. Intenté ser gracioso; él habría reído aunque fuese por compromiso. No tardamos en terminarnos las cervezas: habría sido difícil emborracharse con tan poco alcohol, pero era el suficiente como para empezar a soltar tonterías sin que fuesen inadecuadas.
Corrimos al metro antes de las doce. Esperándolo en el andén, nos preguntamos: «¿Y si ahora no llegase?» ¿Y bien? ¿Qué hubiera pasado si no hubiera llegado? Solo hay una forma de responder a eso: no habría pasado nada. La noche habría pasado y, a continuación, habría amanecido; la vida no se habría detenido, aunque nuestro tiempo, quizá, habría pasado con la lentitud de quienes no esperaban volver a casa solos, con las manos vacías.
El metro entró en el andén y subimos a un vagón cualquiera. Pasamos tres, cuatro paradas. Bajamos y me dejé guiar por él hasta un bar. «¿Podrías guardarme el móvil, por favor?», me preguntó. «Los bolsillos de mis pantalones son estrechos y tengo miedo de que se me caiga.» Me lo guardé junto al mío, en el bolsillo trasero. Encontramos el bar lleno de gente. Pedimos chupitos, muchos chupitos. Los bebimos apoyados en la barra, con el nombre del siguiente que pediríamos siempre a la punta de los labios. Los camareros estaban expectantes: nos miraban fijamente con tal de que les dijéramos cuanto antes lo que queríamos tomar. Nosotros no teníamos prisa: nos quedaba toda la noche. Primero pedimos vodka, luego ron, luego ya me limité a recordar los nombres de los licores que conocía.
Antes de salir del bar, me volví hacia él y noté que estaba muy silencioso. Al darse cuenta de que me había fijado en su mutismo, sonrió. Apenas nos separaban unos centímetros y, en ese momento, lo habría besado. Estaba lo suficientemente bebido como para inclinarme hacia él y no hacer el ridículo en caso de que me rechazase. Sin embargo, vi que, pese a la proximidad entre los dos, si me hubiese acercado a sus labios, no me habría aceptado. ¿Pero cuándo sería el momento? El momento no era decidido por nosotros dos. Ya estaba establecido antes de que decidiéramos salir juntos.
Fuera del bar, no nos orientábamos. Dimos unas cuantas vueltas antes de encontrar nuestra discoteca. Los ladrillos de las paredes, en la oscuridad, me hacían pensar en fábricas, en el ritmo industrial. En la entrada, los guardias de seguridad parecían tranquilos; el perro de mis vecinos también estaba calmado hasta que me vio reír y se me abalanzó; pagué mi entrada cabizbajo.
Lo primero que hicimos fue salir a fumar a la terraza. Todavía no había casi nadie en la pista. Cuando entramos de nuevo, las luces que rodeaban los podios y las barras eran las mismas, aunque la gente se había multiplicado; ya no había forma de mirar a alguna persona a la cara y comprender que ella también era humana, también sentía, también pensaba; mis ojos se dirigían hacia los cuerpos que nos rodeaban, pero no reconocía en ellos nada que también estuviera en mí.
Avanzamos hasta la cabina del deejay. Bailé la primera canción porque la conocía. A la siguiente, ni me sabía la letra ni me gustaba la melodía; lo miré y supe que lo que tenía que hacer. No fui consciente de cuánto duró, solo sé que puse mis manos sobre sus hombros y, antes de que me hubiese podido dar cuenta, había desaparecido. Miré a izquierda y a derecha, pero habría sido imposible encontrarlo entre tanta gente. Pensé en mandarle un mensaje, pero recordé que tenía su móvil.
Me pasé media hora dando vueltas hasta que lo encontré hablando con una chica: «¡Perdona, te he abandonado sin querer!», bromeó. Dije que daba igual y me quedé a su lado. Bajé la mirada al suelo y vi mis propias piernas, tensas. Miré hacia mis manos, que se abrían como flores cansadas. Me sentí estúpido. Sin que advirtiese que me iba, me mezclé entre dos grupos de jóvenes y busqué la salida de ese lugar.
Esperé en una boca de metro hasta que se hiciera de día. Sentado en un peldaño, puse mis brazos sobre las rodillas. No pensaba en nada. Saqué la cajetilla de tabaco de mi bolsillo y vi que aún quedaba la mitad. Busqué una papelera. Tiré los cigarrillos uno a uno y, luego, la caja. Como que notaba los bolsillos demasiado pesados, también lancé su teléfono.
«Ángel caído» (1968), de Duane Michals

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