(Relato) La llegada de la feria



No había prueba más evidente de que estaba cerca de su infancia: uno o dos años atrás, cuando la feria llegaba a la ciudad, solía ilusionarse como si lo que hubiera llegado fuese una segunda Navidad; insistía a sus abuelos para que le llevasen cada día a las atracciones, aunque luego no subiese a ninguna, aunque solo fuese para pasear entre ellas y oler el algodón de azúcar.
Ahora era distinto. Los chicos de su edad ya no hablaban de la feria como si fuese algo extraordinario y se subían a las montañas rusas más altas. Quedaban para ir a las atracciones sin emocionarse; su indiferencia les hacía parecer adultos. Pero nuestro protagonista, Josep, aún albergaba pensamientos tan alegres como los de antes: fantaseaba con que la feria sería una experiencia memorable; así, poniendo todas sus expectativas en este acontecimiento, olvidaba los que todavía estaban lejos.
Tardaron tres días en montarla. Ocuparon todo el interior de un parque urbano. En las cercanías de la entrada, había puestos de patitos, tiro al blanco y comida. Más allá había los autos de choque, un túnel del terror, el Simulador, el Látigo, la Cárcel… Los nombres de las atracciones asustaban a Josep cuando era pequeño. Pasado el tiempo, le hacían sonreír. Cada día, cuando salía de clase, caminaba al lado del parque y observaba a los feriantes juntando tablas y escondiendo cables.
El día previo a la inauguración, se quedó inmóvil delante de un puesto en que tres tiros de escopeta costaban un euro. Detrás del mostrador, un chico estaba colocando los posibles premios de los concursantes. Llevaba una camiseta negra estrecha y la seguiría llevando todos los días que durase la feria. Su cabello era oscuro y se lo habían rapado por los lados. Podría parecer que le describimos a partir de su camiseta y su cabello porque no tenía nada más destacable y estos dos rasgos eran los que llaman más la atención en él: no sería una impresión equivocada.
―¿Vamos a la feria juntos? ―preguntaron Aina y Carla a Josep.
Se encontraron a la salida del colegio. Como que los tres vivían un poco lejos, decidieron esconder sus mochilas detrás de unos contenedores para ir más cómodos; volverían a por ellas al anochecer. Cuando llegaron, las atracciones ya estaban en marcha y sus bombillas de colores, bajo la luz diurna, no creaban un efecto espectacular. Sonaba, de fondo, la música con que se animaba a concursar en una ruleta. Tan pronto, el recinto estaba desierto. El suelo aún lucía impoluto; a medida que avanzase la semana, se iría llenando con los desperdicios de los visitantes; quedaría cubierto por una fina capa de plástico, papel y pegajosidades sospechosas.
Compraron tres manzanas caramelizadas y ninguno se terminó la suya porque lo bueno estaba en la superficie. Las tiraron en un cubo de la basura y, cuando Josep levantó la cabeza, vio al chico que le había llamado la atención: estaba en el mismo puesto que el día anterior, con los brazos apoyados sobre el mostrador, esperando a algún visitante que le sacase de su ensueño.
Se volvió hacia Josep como si hubiese notado su mirada dándole un golpe de alerta en el hombro. Desvió los ojos dos segundos después de que Josep lo hubiera hecho. Este intentó no pensar nada sobre lo que acababa de ocurrir: interpretar un cruce de miradas tan corto, seguramente, le habría llevado a algún malentendido.
Esa tarde de viernes quedó marcada por el corto instante que había compartido con el desconocido. Subir a algunas atracciones le distrajo, aunque no se sacó de la cabeza la imagen de su cara. La conversación con Aina y Carla fue animada, pero, de vez en cuando, dejaba de hablar y se giraba hacia otro lado, buscando, en el vacío del parque, la sombra de quien tanto le había impresionado.
Como que era viernes, se pasó todo el fin de semana imaginando al muchacho del puesto de tiros. Le habría gustado ir tanto el sábado como el domingo a la feria con tal de volver a verle; sin embargo, habría necesitado que le llevasen en coche: no se atrevía ni a mencionar la feria ante sus padres por miedo a que se sonrojase involuntariamente y ellos advirtiesen que alguien de allí le había impactado.
―Me han dicho que este año han traído una noria. ¿Quieres que vayamos y subamos a ella el martes por la noche?
Josep se paró a pensar en lo que opinaría de él el chico si lo viese con su madre. Tal vez creería que no tenía otra persona con quien ir a la feria. O tal vez perdería todo interés en él, puesto que la madre de Josep era físicamente horrible y convertía en feas las cosas que tenía a su alrededor ―así, al menos, era cómo la consideraba su hijo. Se negó en rotundo.
El lunes, al salir de clase, se dirigió al parque solo. Se detuvo enfrente de una fuente y observó la gran cantidad de arbustos que la rodeaban. Se metió entre ellos aprovechando que el fuerte sonido del agua impediría que alguien le oyese cometiendo tal infracción. Buscó una parte especialmente frondosa de los arbustos que quedase cerca del puesto del chico. Una rama le arañó. Dijo un improperio. Miró fijamente al joven feriante durante diez minutos, con unos ojos que parecían canicas y la boca entreabierta.
Vio cómo un hombre se le acercaba mientras cobraba el euro que costaban los tiros a un cliente. Ese tipo, que aparentaría unos cincuenta años, le dijo algo al oído; el chico asintió. Quizá era su padre, el propietario del puesto. Josep se dijo para sus adentros: «Haber visto a su padre me pone en una posición de superioridad.» Y sonrió. Desde hacía un tiempo, estaba convencido de que los padres eran como las lágrimas: se debían ocultar por todos los medios posibles. Eran un signo de debilidad; eran quienes le habían traído al mundo y, por tanto, la prueba fehaciente de que era y había sido humano, espermatozoide, pequeño y contingente.
Perdió la noción del tiempo y oscureció mientras él inspeccionaba cada gesto de su nueva obsesión. Viéndole, cualquiera habría dicho que es necesario alimentar alguna obsesión para dar un sentido a nuestra vida cotidiana. Habría querido convertirse en el arbusto en que se encontraba, pasar a formar parte de él. Poder mirar a ese chico sin ser advertido, sin influir en su conducta, sin que nada realmente pasase, habría sido lo mejor que le podrían haber regalado. En cualquier caso, tuvo que salir de entre los arbustos para volver a casa a cenar. Las rodillas se le habían ensuciado y tenía los codos enrojecidos.
Aina, el martes, le propuso que fueran de nuevo a la feria esa misma noche: los precios estarían rebajados y podrían subir a muchas más atracciones que la última vez. Josep dudó, porque no sabía si el chico estaría en la feria por las noches o si se acostaría temprano. Por la tarde, se decidió a aceptar: convenía aprovechar los días que faltaban hasta que el evento se clausurase, el domingo siguiente.
―¿Pero no decías que no estabas de humor para ir a la feria? ―le preguntó su madre.
―No estaba de humor para ir contigo. ―respondió él. Al cabo de unos minutos, ya estaba de camino al parque con Aina. Justo al saludarse, le dijo que tenía que contarle algo, pero se echó atrás rápidamente; se desdijo. Ella, no obstante, era lo suficientemente curiosa como para insistir: subieron a dos primeras atracciones y, entre la una y la otra, le fue repitiendo a Josep que le contase eso que había querido guardarse para él.
Una vez le hubo dicho que había un chico que le gustaba, Aina insistió en que se lo mostrase. Se acercaron al puesto de tiros y espiaron al chaval como se espiaría en un safari. Ella se propuso a sí misma para ir a hablar con el chico. Josep, que primero negó con la cabeza, pensó un poco más en aquella propuesta y acabó diciendo: «Haz lo que quieras.», lo que en cualquier lengua significaría: «Hazlo.»
Aina se aproximó al puesto y, al poner las manos sobre el mostrador, el chico desapareció y se le acercó su padre. Josep deseó que no dijera nada, pero había optado por esperar en la distancia y no sabía cómo comunicarse con ella. Aina habló con el hombre brevemente y este echó un vistazo a su alrededor, como buscando a alguien. Cuando la amiga de Josep volvió, con la cabeza indiferentemente alta, le soltó:
―Dice que a su hijo no le van los chicos.
Josep no volvió a comentar nada sobre su obsesión a lo largo de toda la noche. Antes de volver a casa, pasaron de nuevo por el puesto de tiros: ni se giró para comprobar que el chico estuviera allí. No fue hasta que cruzó la puerta de su casa y entró en su habitación que se preguntó para sus adentros: «¿Y por qué no podía ser una chica?» El pensamiento le acompañó como si tuviera enfrente una injusticia por la que protestar.
Retrato de Carol Deutsch por James Ensor

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