(Relato) Es tarde pero está despierto



Dos semanas antes, había salido de fiesta y había triunfado. ¿Cómo se puede tener éxito cuando se ha salido de fiesta y se ha bebido alcohol para apartarse de toda competición, para olvidar que siempre estamos tensos? Bailaba en la pista y solo pensaba en mis propias manos y piernas, como si el movimiento fuera todo lo que quisiera conseguir. De un momento a otro, un chico se me acercó. Había notado que me había olvidado de mí mismo y eso le había atraído. Al cabo de unas horas, nos fuimos en taxi a su casa.
Esperaba repetir la misma noche. Pretendía esperar, como una flor que el viento hace temblar, a que alguna abeja se acercase. Cuando se tiene la intención de obtener algo que no nos han asegurado, la desolación es inenarrable. Salí de la discoteca sin haber hablado con nadie. No llevaba bolso ni cigarrillos, por lo que mis manos estaban vacías y creía ser más pobre de lo que nunca lo había sido.
No quería volver a casa: solo estaba convencido de esto. Me asustaba pensar en mi propia cama. La habitación en que había dormido desde mi nacimiento se me presentaba a la memoria con toda su plenitud: muebles, diplomas en las paredes, sábanas limpias. Al mismo tiempo, en ella faltaba lo que me había faltado a lo largo de toda la adolescencia. Si alguien me hubiese amado, habría llenado el aire de mi cuarto con devoción, excitación, lo que fuera que se me pidiese. La cuestión es que había llegado a la edad adulta y lo que sabía sobre amar era tan exiguo como lo que se sabe sobre la compasión cuando se es un niño.
Unos días antes, en el trabajo, había conocido a un chico. Me había dicho que por las noches no dormía: no estaba acostumbrado a descansar con un horario fijo y solo lograba echarse una cabezadita cuando sus ojos no podían aguantar más tiempo abiertos. «Estoy demasiado intranquilo como para dormir.», me había dicho. «Ahora me ha aparecido este curro, ¿pero qué puedo esperar del mañana? Del mismo modo que me echaron de mi primer, segundo o tercer trabajo, también me pueden echar de este.»
Me costaba comprenderle porque, para mí, ese trabajo solo era un divertimento. Como que solo iba a la universidad por las tardes, había buscado algo que hacer por las mañanas. Al verle en ese estado, me avergonzaba de la ligereza con que había vivido hasta entonces. A veces, intentaba esquivarlo para no tener que pensar en su inquietud, para que no me la contagiase.
Cuando aún estaba en la salida de la discoteca, le envié un mensaje: «¿Puedo pasarme por tu casa?» Y, seguidamente, bajé a la parada de metro más cercana, dudando de que fuera a responderme a las cinco de la mañana. «Ven», respondió, al cabo de unos minutos. Me mandó la ubicación de su casa. Cogí el metro igualmente, pero pasé de largo la estación de mi vivienda. Seguí el trayecto por unas paradas por las que nunca había pasado. Los viajantes se me antojaban extranjeros.
Bajé en Estació de Santa Eulàlia y me eché a andar. Cierta claridad se ponía sobre las calles y unos pocos tíos salían de sus casas. Siempre me había angustiado que algunos empezasen su día a la vez que yo terminaba el mío; me daba cuenta, en situaciones así, de cuán fluctúa la vida de un hombre a otro. Recorrí una calle hasta el fondo. Llamé al tercero de un bloque de pisos y oí el interfono confuso: «Sube.», me parece que dijo una voz. Empujé la puerta y, mientras ascendía por las escaleras, me pregunté a mí mismo qué estaba haciendo.
Hacía demasiadas horas que había bebido como para que siguiese notando el efecto del alcohol, pero pensé: «Mientras siga estando en mi sangre, será el responsable de todo lo que haga.». Mis rodillas aún flaqueaban, mi cadera seguía yendo de izquierda a derecha como si el eje que equilibra nuestro cuerpo se hubiese perdido entre chupito y chupito. Alcancé la puerta del cuarto y allí estaba él, con pantalón de chándal y sus ojos expectantes: «Perdona que no me haya arreglado. Me daba palo.»
Vivía en un piso compartido. Cerramos la puerta de su habitación y nos quedamos a oscuras. «Este es mi zulo.», bromeó, como si al tratar su habitación con poca consideración fuera a elevar un poquito su categoría. Solo había una cama, un portátil y un ventilador, cuyas aspas daban vueltas incesantemente.
Me senté en el lecho para desabrocharme los zapatos y él se tumbó a mi lado. Miraba hacia el techo. Algunos hombres buscan caricias constantemente y por todos lados. Otros hombres esquivan todo contacto humano hasta que alguien se encuentra desnudo delante de ellos y lo ven tan indefenso como se saben a ellos mismos. Me incliné sobre él y le besé. Me pareció que bajaba los párpados porque no quería verme, no porque liarse sin tener los ojos cerrados fuese raro.
Su cuello tenía la firmeza de los árboles. Quise morderlo, pero no me atreví. Fui dándole besitos por el torso hasta que me sentí ridículo y él disimuló una risita. Entonces paré. Respiré hondamente y esperé a que fuera él quien se moviese. Se escurrió de entre mis brazos y, a la vez que me obligaba a apoyar la espalda contra el colchón, bajó hasta mi vientre.
Estas satisfacciones son fugaces, pero me duele pensar en el día que notaré la última. Como si los dos no estuviéramos hechos con la misma carne, me la comió. Me habían contado que Eva había salido de una costilla de Adán, pero me quedó claro que Eva, en verdad, había nacido del temblor irrefrenable del primer hombre. Crecí. Supe que me expandía. Me seguí elevando a través de su boca y solo tuve la tentación de detenerme cuando sus dientes me rozaron y contuve un respingo.
Cuando se apartó, creí que eso había sido un regalo. Me quedé quieto, quietísimo. Segundos después, noté su mirada. Costosamente conseguí deslizarme hasta sus pantalones. Me tuve que forzar; la excitación, igualmente, seguía dentro de mí. Más tarde, nos pusimos uno al lado del otro y, antes de que desapareciese en el otro lado de cama, preguntó: «¿Te has corrido dos veces?» Reí. Temía mirarle a los ojos por si él también me estaba mirando a mí. No quería que viese el color de los míos. Tenía la sensación de que, si le dejaba llegar hasta mi mirada, descubriría cuán horroroso era y me echaría de allí en ese mismo instante.
Me adormecí. Al cabo de dos horas, noté un golpe brutal sobre mi nariz. Me agité. Él, que había logrado dormirse completamente, había dirigido un brazo hasta mi cara sin darse cuenta. No se disculpó. Debía seguir soñando. Traté de volver a sobarme, pero fue imposible: mis ojos latían y el ruido del ventilador era infernal.
Sus compañeros de piso pusieron música a las nueve de la mañana y tuve miedo de que en cualquier momento entrasen en el cuarto. ¿Cómo me verían? Solo un desconocido, un extraño desnudo. Quizá ni eso: unas piernas y unos brazos que se enlazan con los de su compañero. A las diez, sigilosamente, traté de salir de allí. Ni levantó la cabeza. Me alegré de que, por fin, pudiera descansar.
«Paul», (Francia, 1968) de David Hockney

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