(Microcuento) Todo llega



Un café. La escena tiene lugar en un café de moda. ¿Quién lo ha puesto de moda? No lo sé. Nunca se sabe con exactitud quién pone de moda qué. En cualquier caso, que algunos famosos fueran a este café contribuyó a acrecentar su prestigio. Ahora todo el mundo se mueve por él. Estamos en pleno verano pero la gente sigue pidiendo café con leche porque es lo más barato que hay en la carta.
Un chico llega al café, se sienta y espera. Ha puesto sus manos sobre la mesa y las mira fijamente. ¿Qué interés tienen? En verdad, su mirada no denota ninguna atención hacia lo que pudiera encontrar entre sus manos. Su mirada tiembla. Sus ojos se mueven de acá para allá como los de un muñeco descosido.
Nos podríamos preguntar qué lo ha llevado a ese café o por qué ha ido solo. El lugar está abarrotado y es extraño ver a un solitario en él. Sea como sea, no nos acercaremos porque podríamos incomodarlo. Lo observaremos así, en la distancia. Tenemos que esperar unos cinco minutos antes de verle levantar la cabeza y observar su alrededor. Se vuelve hacia atrás y recorre cada rincón del café con los párpados abiertos de par en par. Lo hace como quien graba un travelín.
Sabe dónde se encuentra. Sabe que la gente que lo rodea se ha congregado en ese sitio porque pertenece al mismo mundo ―¿qué más da cuál sea? El de la literatura, el del cine… todos están cerrados, de un modo u otro―, quiero decir, comparte una pasión. ¿Pero cómo se puede compartir algo así como una pasión si a duras penas entendemos nuestros propios sentimientos?
Un camarero le pregunta:
―¿Qué va a tomar?
―No, no. Solo estoy esperando.
―Tranquilo, todo llega. ―sonríe. Se va.
El chico se muestra abatido porque no es la primera vez que le dicen que todo llega. Ya sabe que todo llega. Sí, claro, todo llega menos cuando no llega. Puede que todo llegue a su debido momento, pero él lo quiere entonces porque es entonces cuando le obsesiona.
«Howard Hodgkin» (1937), de David Hockney

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