(Microcuento) Lunes de Pascua



Llegué a la casa en que había vivido durante toda mi infancia y no supe si llamar al timbre o dar golpecitos en la puerta con los nudillos. Antes de que me hubiera decidido, mamá vino a abrirme y me sonrió. Su cara no había cambiado desde la última vez que la había visto: diciembre del año anterior. La celebración de Navidad quedaba lejos. Prefería las comidas que hacíamos en Semana Santa; el tiempo era clemente y los trenes que salían de Madrid iban menos llenos.
Me condujo al interior. En el pasillo, me detuve. Entre esas paredes había jugado tantas veces que se me hacía imposible pasar a su lado sin imaginar una versión diminuta de mí mismo. No solo mi niñez había transcurrido allí: esa casa me había servido de refugio cuando no podía soportar la adolescencia. Antes de ir a saludar a papá, corrí a la habitación en que había dormido desde mi nacimiento hasta mis diecinueve años. Para mi sorpresa, la encontré intacta. La última vez que había estado allí, mamá me había asegurado que la reformaría y la convertiría en un cuarto de limpieza; quizá, en el último momento, se había sentido incapaz. Preferí no preguntarle por ello.
Como que mi viaje en tren me había dejado agotado, les pedí si podíamos retrasar la comida hasta las tres de la tarde. Me tumbé en mi cama antigua y, en menos de cinco segundos, ya estaba babeando como siempre hacía cuando dormía en ese cuarto. Curiosamente, al casarme, había dejado de babear en la cama; mi boca se debía haber convencido de que era importante no dar una mala impresión a mi marido.
Almorzamos en la cocina mientras la asistenta de mis padres barría el resto de la casa. Me contaron que sus días habían dejado de ser todos iguales: desde que se habían jubilado, salían a pasear e iban al cine; haber olvidado qué era tener un horario les gustaba, aunque las preocupaciones sobre su salud seguían yendo de mal en peor. Les hablé de cómo era la gente en la capital, de cómo eran mis alumnos.
―¿Has pensado en hacer las paces con tu hermano mayor? ―me sorprendió mi padre.― Ya hace diez años que ocurrió todo eso.
―No, papá, no. Dejemos ese tema para otro momento, por favor.
Obra de David Hockney.

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