(Microcuento) La historia de la víctima



Se encontraron en la terraza del café a las once de la mañana. Jordi fue quien apareció antes: antes de sentarse a una mesa, comprobó en su reloj que se había avanzado un solo minuto; se le notaba impaciente por la velocidad a que se movían sus ojos. Sergi llegó cuando pasaban unos minutos de la hora acordada. Jordi no le reprochó nada. Sin más preámbulo, empezó a contarle por qué había querido que quedasen esa mañana de domingo:
―Ayer la noche, fui a un concierto con un amigo. ―Antes de que siguiese, Sergi asintió, porque había visto fotos del concierto en el Instagram de Jordi y los filtros que había puesto en las imágenes eran tan fantasiosos que le había envidiado, había deseado estar allí.― Hasta que terminó el concierto, la cosa estuvo bien. Nos divertimos y, entre canción y canción, comentamos qué nos iba pareciendo. Lo que pasa es que noté en mi amigo una rigidez que nunca había visto en él. Eso me extrañó…
Un camarero fue a preguntarles qué querían tomar. Al verse interrumpido, Jordi bajó la mirada al suelo y, casi en un susurro, respondió: «Café con leche.» Estaba tan angustiado por el tema que le había llevado a encontrarse con Sergi que no quería mantener ninguna interacción con el mundo exterior más que la que supusiera la charla con su amigo.
―…como iba diciendo, eso ya me extrañó. A la salida del concierto, nos pusimos a hablar sobre drogas, sobre amor, sobre diversas cosas. Le comenté que, algunos días, el sexo se me antojaba ridículo; lo único que podía conseguir con él era reírme. Asimismo, le dije que los besos también tenían un componente ridículo: todo el mundo los espera como si fuesen una gran revelación y se limitan a un paseo por la piel del otro. ―Suspiró.― En fin. No sé qué le hizo pensar que lo que necesitaba en ese momento era un beso, pero se quedó callado y, cuando le pregunté qué le pasaba, me soltó: «Tengo muchas ganas de liarme contigo.»
Sergi se llevó una mano a la cara para que no se viese la carcajada que le había subido a los labios. Jordi narraba su historia con una consternación en el rostro que sería difícilmente igualable: era evidente que, entre la noche del día anterior y ese momento, la importancia que había dado a ese hecho había ido aumentado.
―Se inclinó hacia mí y yo no pude hacer nada. Me quedé quieto como la figura de un retrato. Empezó a hacer algo con la lengua dentro de mi boca que me pareció deplorable. Cuando sentí que había acabado, hice algún comentario por decoro y di a entender que tenía que irme. ¿Sabes qué es lo peor? Que aún quiso un beso de despedida.
Sergi no pudo contenerse. Sus cejas se arquearon, se expandieron por su cara en dirección horizontal; la cara se le llenó de luz. Reía como se ríe cuando el hombre, demasiado seguro de sí mismo, mete la pata. Reía por lástima, también, pero, sobre todo, reía porque Jordi había insistido en que debían verse urgentemente solo para contarle eso.
―¿Tú crees que tienes que reaccionar riéndote? ¿Te parece normal?
Sergi negó con la cabeza a la vez que aspiraba hondamente. Miró a su amigo y descubrió que no le había hecho ni pizca de gracia que diese esa respuesta a su relato. Jordi esperaba un consejo, un aliento, algo. Sin embargo, lo único que cabía en la cabeza de Sergi era que el cuento que le había narrado consistía en una comedia.
―Perdón por reírme, pero tienes que comprender que, no sé, tanto tú como yo como tu amigo somos adultos. Si realmente no hubieras querido besarle, ¿te habría costado mucho apartarte? Solo habías de decirle que no. Tal como me lo has contado, no parece que hayas sufrido en absoluto: más bien has vivido una escena… desternillante.
Se quedaron en silencio durante algunos minutos. Pareció que Jordi fuese a recapacitar, a entender lo sucedido desde otro punto de vista. Cuando se hubo terminado el café, sin añadir nada más, advirtió a Sergi que tenía que ir al váter. Se levantó. Sin que su amigo lo viese, en lugar de tomar la dirección del lavabo, se fue de vuelta a casa.
PASEO DEL LUXEMBURGO, DE JOAQUIM SUNYER

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