(Diario e adolescencia) Primero de mayo de 2017



Por el East Side Gallery, se camina como por todo Berlín: con la inseguridad de si se estará captando el peso histórico de cada símbolo encontrado. El oficio del turista es superficial por naturaleza.
En Tiergarten, paseamos como si pretendiéramos encontrar algo muy concreto en un parque urbano. Desde ayer, el tiempo es benévolo. Maria y Paula tienen un grave problema porque solo saben andar por el carril bici. Ya nos hemos escuchado un verso de una espontaneidad sin igual: «The fucking red line!»
Comemos en el restaurante del Berlin Pavillon y ya entonces empezamos a sentir un aburrimiento que nos durará hasta las cuatro. A esa hora, regresamos al hotel y nos hundimos en las camas, obsesionados con el móvil. Puede que las redes sociales sean uno de los pesos más maravillosos y fatídicos que nos pudieran haber caído encima.
Deambulamos casi toda la tarde. Desde el momento en que hemos salido de la estación de Hackescher Markt, hemos olvidado toda dirección, todo objetivo. Caminamos por el solo placer de andar. O quizá la cosa sea que no habíamos planificado demasiado bien qué hacer en este viaje. Bueno. Todas las calles están llenas de carteles del nuevo álbum de Gorillaz y me están entrando unas ganas importantes de escucharlo. Vamos en dirección a Alexanderplatz en busca de algo que hacer. Puede que uno de los mayores placeres de este viaje sea los asientos de metro.
Cenamos salchichas, a pesar de que ya lo habíamos almorzado. Seré exacto: como dos salchichas mientras que Maria y Paula comen una. Me siento excesivo, siempre demasiado excesivo cuando se trata de comida. Después, tomamos unas cervezas en Bierbar Alkopole. Las paredes están decoradas con personitas de tiempos pasados bebiendo birra. Parecen más decentes, más contenidos que nosotros. Los retratos de personas siempre son más serenos de lo que las personas reales eran. Un vendedor de rosas entra en el bar con un ramo. Un hombre de cabello blanco se nos acerca y compra dos rosas para Maria y Paula al vendedor. Se nos queda mirando durante diez minutos, mientras nosotros tres nos sentimos incómodos. Cuando se va al baño, corremos a pagar y salimos del bar. Vamos a un pub irlandés. De vuelta al hotel, ellas hacen bromas y yo me quedo en un silencio un poco inquietante, pero inocente.

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