(Diario de adolescencia) Primero de septiembre de 2015



A las ocho y pico he bajado a la estación a comprar mi tarjeta de viajes ilimitados. Estallido de fiesta. Ahora podré ir a Barcelona tantas veces como quiera. Hasta el día catorce de septiembre, cuando empiece las clases en los Jesuitas de Casp, estaré yendo a la Biblioteca de Catalunya. El Carrer del Carme tiene algún que otro detalle curioso: si se cruza desde Les Rambles, se siente el alivio de dejar atrás la peor marea de guiris imaginable. Si se va en dirección a Les Rambles, solo se nota desolación. Uno se arrastra por el suelo y las paredes hasta dejarse caer al lado de La Virreina.
Esta oportunidad de ir y volver de Barcelona cuando me plazca... quizá no sea del todo sana. Llevo demasiado tiempo enamorado de la ciudad. Barcelona es la capital de Catalunya y, al mismo tiempo, una de las ciudades menos catalanas de la región. Fíjate en cómo organiza sus actos, cómo planifica su callejero... no dudo que los barceloneses puedan ser tan catalanes como cualquier otro, pero viven en una ciudad que se vende a sí misma con su propia imagen, y no con la del territorio en conjunto. Nada que reprocharle. No hay nada que sacarle en cara a unos ciudadanos que contribuyan religiosamente al impuesto sobre la renta.
En un rato cogeré mi primer autobús con esta tarjeta. Cuando la pase por la máquina de validación, escucharé su pitido de confirmación. Y lo haré con gusto. Más gusto que cuando usaba una tarjeta de diez viajes, la T-10.

Una y cuarto de la tarde. El día en Barcelona acaba. Hace media hora, he recogido mis libros de uno de los escritorios de la Biblioteca de Catalunya y me he dirigido a la parada del autobús. Ahora ya estoy sobre sus ruedas; ni me daría cuenta de ellas si no fuera por el ronroneo constante del motor y la vibración de las paredes. Tanto el autobús como el tren se deslizan, pero el último lo hace con tanta elegancia... Si la estación de Mataró no estuviera tan lejos de casa, lo tomaría cada día. Pero no empezaré a quejarme de este autobús tembloroso ahora que subiré a él cada día. La conquista de la tarjeta ilimitada ha sido un éxito; he tenido que cambiarme de colegio para que mis padres no vieran ninguna alternativa; es una lucha ganada. De hecho, hasta cierto punto, agradezco a los maristas que me impidieran hacer la asignatura de Literatura por falta de alumnos interesados. Esa fue la gota que colmó el vaso; mi padre nunca antes había estado tan de acuerdo con que me cambiara de centro. Hoy faltan ni más ni menos que dos semanas para el inicio del curso; tiempo suficiente para encontrarme con algunas compañeras de Maristes Valldemia y despedirme. No será doloroso porque tampoco son tantas las compañeras a quienes importa que me vaya a otro colegio; ni hablo de compañeros porque los que son colegas míos los cuento con los dedos de una mano. Tal vez una mano mutilada.

Es el último capítulo del almuerzo: el café. Mi padre, en perpendicular a mí, desde el otro lado de la mesa, come. Tiene una tajada de melón entre las manos y la va cortando con un cuchillo. Luego, pincha cada trozo con la punta del cubierto y se lo lleva a la boca. Corrijo: el café y los postres. Me bebo el mío mientras él se levanta, se gira y abre un armario: es el armario de los dulces. Saca una tableta de chocolate que compramos en Rumanía y parte un pedazo. Su ceremonial de cada mediodía es tan repetitivo que hasta lo veo sagrado.

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