(Diario de adolescencia) 9 de mayo de 2017



No eres consciente del silencio que hay en una biblioteca hasta que a alguien se le cae una carpeta al suelo o estornuda. A partir de entonces, todos los ruiditos, los ruiditos más sutiles, se destacan. Esos ruiditos son sinónimos de trabajo, de concentración. En la penumbra, bajo los flexos, la gente escribe, teclea o mira fijamente libros y hojas sueltas. La seriedad de un sitio así contrasta con el resto de la ciudad barcelonesa, en que se respira tanto como se celebra y grita.
Hace un mes que escribo este diario. Llego a los treinta y un días francamente desilusionado. ¿Este diario durará? ¿Tiene algún sentido? No sabría responder a ninguna de esas preguntas, pero me sabría mal abandonar el proyecto y, tiempo después, arrepentirme de haberlo hecho
A las siete y media, desde el primer piso de una tienda Topshop, Carrer Pelai se ve plagado de gente, aunque el ritmo es diferente al de las mañanas ajetreadas y los transeúntes ponen otra cara, la cara de la vuelta a casa. Al fondo, el sol se esconde. Los coches pasan a gran velocidad y alguno pita porque tiene más prisa de la que quizá nunca deberíamos tener. Desde esta ventana, las personas que pasan por la calle parecen sacadas de casas de muñecas de muy distintas. ¿Alguna vez se deben parar a pensar en lo que tienen todas ellas en común? No, no son conscientes ni de que las observo, ordenándolas, poniéndolas en un mismo mundo, en un mismo campo visual. Nos han educado para que mantengamos una distancia prudencial respecto a todas las cosas ―particularmente respecto a los desconocidos. ¿Y bien? ¿No es una actitud irracional? ¿No es algo absurdo que no sonriamos cálidamente a alguien que no conocemos de nada, pero con quien nos une el hecho de vivir en el mismo tiempo y en el mismo espacio? Probablemente, no haya ni una excusa válida para no empatizar, para no comprender a todas y cada una de las personas que se cruzan en nuestro camino.

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