(Diario de adolescencia) 9 de junio de 2015



Esta misma mañana he terminado los exámenes finales. Para celebrarlo, toda la clase hemos ido al restaurante Caminetto a almorzar.
El horrible calor que nos ha caído encima estos últimos días me ha sacado el apetito. He pedido unos tallarines con Roquefort que al final me ha vencido; he tenido que dejar un montoncito que el camarero se ha llevado mirándome de reojo.
En situaciones como esta, intento mostrarme amable y tan hablador como puedo llegar a ser. Durante el curso que hoy mismo acabo, en el colegio, me he encerrado en mí mismo y no me he acercado tanto a mis compañeros como otros años. Tal vez es porque la gente de la que llegué a ser íntimo se había cambiado de colegio antes, o más bien me inclinaría por pensar que ha sido porque no ha habido una sola clase que no me interesase. He estado atento a todas. Me atrevería a decir que no ha habido un solo minuto del curso que no pasase pendiente de lo que el profesor fuera a decir. Y es que ese, el profesor, la figura del profesor, cada vez me parece más admirable. Lo mismo que me ocurre con la gente mayor y sabia. Veo en ellos un conocimiento tan bien amueblado que no puedo resistirme a preguntarles por su vida o lo que les interese: he aprendido que una pregunta cualquiera puede ser la puerta de entrada no solo a un hombre, sino a lo que está por encima de él y lo convierte en un ser con muchas caras, las historias del pasado.
He conversado hasta quedarme sin aliento. Era la última ocasión en que me veía con mis compañeros. El próximo septiembre empezaré el segundo de Bachillerato en Jesuïtes de Casp, en Barcelona. Después de estar con estos chicos y chicas desde los tres años veo que la adolescencia no me ha separado tanto de ellos. Al fin y al cabo, todos somos portadores de proyectos, con más esperanzas de las que tendremos en el futuro.

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