(Diario de adolescencia) 9 de julio de 2017



Ayer, por la tarde, llovía y no parecía que el tiempo fuese a mejorar. Salí de casa con el pelo recién lacado y algunas gotas me estropearon el tupé. No le di una mayor importancia, pero creía necesario señalarlo. Me encontré con Paula y Maria y J nos llevó en su coche hasta Badalona; allí, cogimos el metro hasta Barcelona. Paseamos por las calles donde hicieron la manifestación del Pride, pero lo principal para nosotros era escuchar a La Casa Azul en el Moll de la Fusta. Nos pusimos en el centro de la pista. El escenario me parecía diminuto. Muchos hombres. Vi un chico más joven que yo y busqué su mirada; al cabo de unos minutos, dos treintañeros ya lo habían devorado. Guille Milkyway, el cerebro de La Casa Azul, empezó tocando un tema de ABBA: ¿tengo razones para aborrecer ese grupo? No estoy seguro. Las demás canciones que interpretó fueron de su repertorio y las canté con los brazos al aire, como haciendo notar muy gustosamente que estaba viviendo el momento más feliz.
Hoy, me he levantado tarde y no me siento dispuesto a terminar nada. Voy al gimnasio y me digo que, cuando vuelva, revisaré el relato que empecé el otro día y del que solo llevo dos páginas escritas. ¿Por qué esta resistencia a hacer, a mostrarme activo? No lo sé. He perdido todo sentido del ridículo ―o no todo: últimamente he comprobado que aún hay cosas que me da reparo hacer; aún me importan las miradas ajenas― y eso se evidencia cada vez que trato de escribir, de hablar, de dar un paso. ¿Qué me distingue de la mayoría de jóvenes con que me relaciono? Que constantemente estoy pensando en la imagen tan deplorable que doy de mí y, en consecuencia, soy deplorable.

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