(Diario de adolescencia) 9 de diciembre de 2016



He releído las páginas que llevo de novela y he escrito algo. Luego, Cercle d’Escriptura i Crítica: hablamos del texto de Marta y acordamos cuándo nos reuniremos el próximo cuadrimestre. Tomamos unas birras. A las dos y media, voy a visitar unos proveedores de mis padres. Vuelta a Mataró. Tengo cita con mi peluquera a las siete y media. Me intriga saber si habrá visto esa entrevista en la que me preguntan cómo consigue hacerme mi peinado. ¿Qué haré durante el resto de la tarde? Leer a Simone de Beauvoir. Me he cruzado por Barcelona con un amigo de Madrid, Ignacio, y me ha enviado un mensaje para confirmar que era yo el chico que había visto en Passeig de Gràcia. Hace unos meses, sentía un gran deseo de follarme y me lo decía. Otro chico con el que habitualmente chateo, E, también parece tirarme los trastos. Hay más chicos de los que I podría sentirse celoso de los que imagina, pero no le diré nada; lamento que él se enorgullezca de atraer a otros chicos pese a tener pareja.
Ido a la peluquería. Raquel habla por los codos; la otra oficiala aún más. Trato de pasar unos apuntes a ordenador, los trituro para tirarlos a la papelera y el archivo del ordenador no se guarda; es un hecho lo suficientemente ridículo como para que me deje de pensar en la universidad. Vuelvo a ver, desde el principio, Dangerous Liaisons, dirigida por Stephen Frears. Ambientación excelente. Puede que la aristocracia francesa del siglo XVIII contuviera gente malvada, pero, aun así, mantenía las apariencias. Los protagonistas trazan planes perversos porque con algo tienen que llenar sus vidas. La bondad es tenaz, pero la maldad, aún más. John Malkovich dice: «No puedo borrar los años vividos antes de conoceros.» Perfectamente lo podría haber dicho I. ¿Cuánto ha vivido? Demasiado, desde mi punto de vista/estima.

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