(Diario de adolescencia) 9 de junio de 2017



Me levanto a las seis, desayuno y, a las siete y media, salgo para el gimnasio. Me acerco al edificio con pasos de animalito asustado. Hasta cierto punto, me veo ridículo. Intento entrar resuelto, pero se me nota a la legua la inseguridad. Dejo mi mochila en una taquilla y me pongo sobre una máquina cardiovascular con auriculares. Intento escuchar dos capítulos que ya había visto de Amb filosofia, pero la música que suena de fondo en la sala hace que toda la atención que pudiera poner sobre cosas filosóficas se vuelva imposible.
Tras una hora, vuelvo a casa y, ya en mi habitación, me pongo a estudiar. El sol que entra por la ventana a las diez es generoso; me invita a que me quite la ropa. Estudio hasta que descubro que tengo un grano en el vientre y me desconcentro. Estudio a cinco kilómetros por hora: lamentable. Cuanto menos me piden, menos hago.

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