(Diario de adolescencia) 8 de junio de 2017



Anoche, en Razzmatazz, bailamos hasta que las canciones, de tan conocidas, empezaron a aburrir. Fue la segunda vez que salimos a esa discoteca un miércoles: mismo deejay, mismas luces, mismo olor; sin embargo, hay algo irrecuperable que se quedó en el primer miércoles —¡qué lejano parece ya! ¡Y eso que solo han pasado tres semanas!
Anna se había pintado los labios de rojo intenso; los ojos, de negro; el pelo, liso. Chupa de cuero, plataformas blancas gastadas. Cada detalle quedaba sobre su piel de muñeca como una pincelada violeta sobre una catleya. Abril, como de costumbre, vestía para deslumbrar. Las dos estaban imponentes y me daba un poco de vergüenza haberme presentado ante ellas solo con mi camiseta negra, mis pantalones de tergal oscuros y unas creepers aún nuevas.
—Esta noche, deberías haberte maquillado. —me dijo Abril. Bueno, tiempo al tiempo. El maquillaje ya me atrajo a los trece años. Tengo reparo en volver a ponérmelo porque lo asocio a una experiencia algo triste y fría.
Al salir de la discoteca, cogimos el metro: línea roja en dirección Hospital de Bellvitge. Debería haber bajado en Arc de Triomf para regresar a Mataró, pero continué hasta Santa Eulàlia, salí y, tras travesar un puente, caminé recto por una calle; me abrieron una puerta.
Esta mañana, a las once y media, vuelvo a Mataró. El próximo martes tengo el último examen y temo que tendré tiempo de sobra para prepararlo. La vida lenta no es algo tan raro cuando se carece de ambiciones.

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