(Diario de adolescencia) 8 de junio de 2015



El discurso que escribí en el colegio hace unas semanas, a propósito del asesinato de un profesor en Barcelona a manos de uno de sus alumnos:
¿De qué manera hemos de reaccionar a hechos como los que ocurrieron ayer? ¿Tendríamos que darnos prisa en tomar medidas con tal de que no vuelvan a pasar, o habríamos de anteponer el luto, la reflexión y un tiempo de espera? Delante de un hecho tan aislado y fuera de la normalidad, poco nos queda por hacer, pues no lo podemos entender como una cosa que se generalice a toda la sociedad: este homicidio ni nos representa a nosotros ni al mundo que hemos creado. Hoy, comprendemos que, como decía Camus, el sufrimiento es un hecho y que la vida continúa. Es a través de la memoria y de las formas en las que queramos homenajear a los afectados y la víctima que conseguiremos hacer, al menos, la justicia a la que nosotros podemos llegar.
Punto. La cita de Camus la había sacado del libro de texto de Simbología Religiosa.

Los juegos de cartas, al igual que las matemáticas, no son mi fuerte. Lo confieso: soy un chico sin una sola gota de estrategia o rapidez mental. Cada paso, en cualquier proceso, me gusta darlo con cuidado y mirando hacia atrás, para comprobar que no he perdido nada por el camino. La agilidad tiene que ser una de las virtudes que están más cerca del hombre como animal que del hombre como ser racional, y con ello no lo critico: es solo que no se trata tanto de pensar como de tomar decisiones con seguridad.
En un plano más general, en mi día a día, sí que me atrevo a decidir sin dar demasiadas vueltas a los asuntos, pero en cosas de otro tipo, como el juego, se me hace imposible. Se vio con mucha claridad en un trayecto de tren que hice con unos compañeros de clase. Propusieron que jugásemos al speed, y yo, que llevo años sin tocar una baraja de cartas, me animé a participar. Acabé derrotado como un alemán. Tampoco me ofendí; más bien me daba igual, pero me preocupó la naturalidad con que los demás pensaban en sus técnicas mientras yo me obsesionaba con la imagen que daba de mí mismo al hacer tal o cual movimiento. Ese es mi otro gran problema. Alguien que es tan consciente de estar en el mundo como yo no sirve para estas cosas. No es que intente que los demás me vean de una forma determinada, lo que pasa es que hay algunas cortesías de las que no me puedo olvidar ni en situaciones tan informales. Va con mi manera de ser: sigo algunos principios que no infringiría ni que me torturasen.
El método más efectivo para saber si una persona está siendo ella misma o no es ese. Quien esté más atento de sí mismo que de sus jugadas caerá como una mosca. Como que tampoco hay nada que perder, no veo motivos porque preocuparse. Este no acaba de ser mi caso: estaba hablando de alguien que finge una pose durante un rato. En cambio, mirándome a mí mismo, no sé si lo que muestro a mis amigos y familiares es algo falso o mi verdadera forma de ser: ¿cómo se comprueba algo así? Hablo con la gente sin hacer distinciones. Salvo a mis amigos de la infancia, con quienes bromeo más, doy el mismo trato incluso a mis padres, y ese es un trato aprendido. Algunos me dirán: «Es que ese no debería ser un trato aprendido». Y les responderé: «Muy bien. Ahora, dame la dirección del sitio donde me enseñarán cómo me tengo que comportar para ser quien soy».

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