(Diario de adolescencia) 8 de diciembre de 2016



Me despierto a las seis y desayuno. Debería reducir las cantidades de mis desayunos aunque me encanta sentir el estómago lleno hasta el punto de que parece que se me vayan a romper las costuras de la piel. A las seis y cuarenta, me lavo la cara y los dientes. Preveo que, a las siete en punto, ya podré sentarme a escribir. También me falta hacer la cama.
Escribo dos páginas y media. Nada más en toda la mañana. Leo.
Por la tarde, me voy a Barcelona, con Merche, y visitamos la librería Tuuu de Gràcia. Luego cogemos el metro y nos acercamos al CaixaForum. Exposición Un Thyssen nunca visto: un Tiziano que me seduce, un Rafael sorprendente, Pissarro inigualable. Descubro a Richard Estes y Max Beckmann. Luego tomo una copa con I y Laia. La veo bellísima, estar enamorada le sienta bien.
Al llegar a casa, leo un mensaje de correo electrónico en el que se rechaza el microcuento con el que iba a participar en una revista universitaria sobre arte. Las razones que se aducen son terriblemente concretas: el texto «representa una visión inspiracional o esencialista de la literatura y su reducción a la función mercantil» y «muestra una ligera sombra patriarcal en la selección de la tradición/herencia mostrada ya que solo se hace referencia a pintores (Miró, Manet, Cézanne) y dos de los tres cuadros referidos representan mujeres desnudas. Esta selección no se muestra opresiva per se, pero en el momento en que se toma como modelo del presente, resulta sospechosa.» Firma el texto de rechazo una tal Alba. Hace unas semanas, posiblemente, no le habría dado ni la más mínima importancia. Ahora, sin embargo, me duele lo suficiente como para desear acostarme inmediatamente y no hacer más que esperar al día de mañana. Siempre lo mismo: nunca sufro, solo deseo que el día acabe. Como si la esperanza en un mañana mejor estuviese justificada, como si cada día pasado no fuera un reflejo de los que vendrán ―porque el que sigue quedando impreso sobre mis días no es otro que no sea yo.

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