(Diario de adolescencia) 8 de diciembre de 2015



He tratado de venderme. Además, lo he hecho mal. No solo me he dañado a mí mismo, sino que he fracasado en el intento. Las últimas semanas he dudado entre escribir o no escribir casi a cada minuto. Me he dicho que no era posible que ninguna de las cosas que publicase no recibiese respuesta, ninguna reacción; algo tenía que cambiar en mi manera de escribir; «debes aprender a atraer a la gente», me decía. Así que, en un esfuerzo por abandonar el estilo en que he venido creando los últimos meses, he dejado de escribir. Quizá el último texto más o menos largo que me curré fue la entrada del diario anterior a esta. Los paseos por la frontera la empecé a colgar en mi blog porque no le quería dar una repercusión mayor; representaba lo que había estado trabajando últimamente, y, por lo tanto, eso de lo que tenía que huir.
Sin embargo, hoy me doy cuenta de que la situación no puede seguir así. No puedo romper en seco con lo que he hecho el último verano, primavera y hasta el invierno pasado con Belleza tangerina. Todo lo que escribo y que se aparta del estilo que había ido creando hasta entonces, poco a poco, me sabe a nada. Es un hecho que solo hay una manera en la que pueda escribir y apasionarme haciéndolo: la que es el resultado de algunos esfuerzos, horas de escritura, y que, sin embargo, no ha despertado ningún interés. Comprendo que lo que debería hacer con la literatura es una batalla; resistir al silencio de los lectores (en el caso de que sigan ahí).

No hay comentarios:

Publicar un comentario