(Diario de adolescencia) 7 de septiembre de 2015



Debes dar tiempo a tus manías. Después de años aborreciendo estar con mis padres, empiezo a disfrutar de su compañía. Esta misma mañana, he ido a Barcelona con mi padre y, al salir del autobús, antes de que se fuera a hacer unos recados para la mercería, hemos desayunado juntos en Carrer Petritxol. Un suizo para él y un capuchino para mí. Me sorprende este nuevo sentimiento hacia él, como de amistad. Le hablo con la misma tranquilidad que a mis compañeros de colegio y no controlo quiénes son las personas que hay a nuestro alrededor. De hecho, he cambiado el sentido de esto: ya no me detengo demasiado a mirar los desconocidos de la calle y los cafés a no ser que mi mirada se cruce accidentalmente con ellos. En ese último caso, suelo valorar si merece la pena describir mentalmente cada detalle de sus cuerpos. Si no siguen despertándome algún interés al cabo de medio minuto, los olvido; si, al contrario, descubro que aún son más llamativos por cómo actúan, les hago fotos con mi móvil o bien apunto ideas sobre sus rasgos en mi cuaderno. Pero ya no lo hago de forma tan radical como antes; la cantidad de gente que veo en Barcelona me supera. Mataró, en ese caso, es preferible. Podría deberse a que he olvidado un poco mis relaciones personales. Las personas, de alguna forma, han quedado en un segundo plano de mi vida durante el verano. Solo charlo a diario con mi familia; no sé si la mayoría de mis amigos me rehúyen o si he sido yo quien las ha apartado de mi camino.
Pienso en los demás con algo de confusión. No tengo ni idea de si esta soledad estará conmigo hasta que empiece el curso o si va a ir a más. Salgo más que nunca a la calle, pero eso no significa nada; cuando acaba el día, hago recuento de las personas con las que he tratado y no son más que seis o siete. Sin contar los dependientes que saludo en librerías, panaderías, etc. Guardo la esperanza de que en el colegio jesuita conozca a personas a las que comprenda. Estoy hecho a la medida de jóvenes muy concretos; el día en que los encuentre, me ajustaré a ellos como en un abrazo, como si fuera un cinturón. No hablo de atarme a las personas como una soga; me refiero a acercarme a los demás como se haría en cualquier amistad sensata. De este tipo de amistades solo he tenido dos o tres: en mi adolescencia, solo importa Laura y, en mi infancia, Alicia.

Hace dos días escribí el relato Pasacalle para timbales y esta tarde lo he corregido. He tardado ni más ni menos que tres horas; además, sigo con la sensación de que en ese escrito hay algo pendiente, que ni los errores se han corregido ni hay nada resuelto. La situación es la siguiente: Jaume es el hijo menor de un matrimonio; un peón, el más inmóvil, quieto como una piedra. Sin embargo tiene ojos y orejas; ve cómo sus padres hacen trizas los deseos de su hermana mayor y la frustran con amenazas, sutilidades, etc. ¿A favor de quién está él? ¿De sus padres o de su hermana, la bala perdida? ¿Debería defender a alguien amenazado o darle la razón a la autoridad, que es la misma que pondrá las normas que él tenga que acatar? Esa posición, la del que en una discusión se queda callado, me interesa; me intriga, aunque estoy bastante seguro de que soy su mejor ejemplo. Y, pese a reconocerme en ese tipo de cobardía, no sabría explicarla ni al público ni a un amigo íntimo.
Muchas veces me digo que esas cosas que «no puedo explicar» en realidad son cosas que me niego a verbalizar, aunque les doy tantas vueltas que acabo resolviéndolas… siempre de mala manera, tengo que confesarlo.
La literatura es buena para llenar el vacío de las preguntas que no se responden. Eso no significa que dé respuestas. Se trata, diría yo, de poner una estética detrás de los misterios, aquello a lo que no le vemos el sentido, lo que no se sabe si es hueco u oculto…

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