(Diario de adolescencia) 7 de mayo de 2017



Me levanto tarde y estudio con los ojos puestos en Berlín. El domingo pasado, a estas horas, estábamos llegando al aeropuerto alemán. Por la noche, en un andén de la estación de Alexanderplatz, conocimos a un sirio que estudiaba y vivía como refugiado en Cottbus y a un amigo suyo que bailaba de esa manera en que se baila ahora: como si las junturas de sus huesos estuvieran oxidadas, robóticamente.
Ayer, después del concierto, fui a tomar una copa con Alba. El Ocaña tenía el aire de cotidianeidad de los sitios que son permanentemente extravagantes. Ella me comentó que daba clases de repaso a niños y le recordé que, unos meses antes, hablamos de que nos preocupaba no haber trabajado nunca. Ahora, ya ha entrado en la dinámica esa de hacer dinero. No es que yo no quiera hacerlo también: es que parece que el dinero huye de todo lo que me gusta. Durante el día de hoy, esa duda sigue sobre mí: ¿encontraré la manera de ganarme la vida? En cualquier caso, los domingos son tranquilizadores porque prácticamente nadie trabaja y las calles se vuelven irreconocibles. Hablaría de silencio, pero no se trata exactamente de silencio: es la paz de los niños que juegan por la calle, de la luz que cae sobre transeúntes que solo pasean, de la lentitud de quienes suelen ir estresados.
Puede que querer encontrar trabajo, a los dieciocho o diecinueve años, tenga una relación muy directa con querer encontrar tu lugar en el mundo. Seguramente, si te contrataran en algún lugar, creerías durante un tiempo que tu vida ya está solucionada hasta que las preguntas de antes regresasen. Porque siempre regresan. Porque la cosa está en que no tienen respuesta.

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