(Diario de adolescencia) 7 de junio de 2015



Domingo de Corpus. Planeaba ir a pasar la mañana en Argentona, donde es tradición que decoren las calles con tapices de flores. Pero mañana y el martes tengo los últimos exámenes del colegio y no quisiera hacerlos peligrar. Si a principio de curso contaba que la nota que sacase me daba igual, con el tiempo ha ido ganando importancia. He comprobado que, para acceder a algunas carreras interesantes, necesitaría más del cinco que requiere Estudios Literarios. Hablo de Humanidades, o, ya en la lejanía, Periodismo. Cada cual más distante de lo que realmente me gusta, la literatura, pero que seguiría encontrando agradables. En Humanidades conocería con detalle una multitud de disciplinas, y lo cierto es que eso podría ser más estimulante que una carrera centrada en la literatura. Lo que me preocupa es elegir una que me separe de mi producción escrita. En ninguno de los dos casos cabría ningún riesgo. Acaso en Periodismo aprendería a escribir con mayor agilidad y precisión, el qué dices y el cómo lo dices de los que hablan todos los periodistas.

Qué difícil es distinguir entre lo que es bueno para mí y lo que no. Me veo incapaz de separar el placer del dolor, y es que, cada vez que paso por una de estas dos experiencias, pienso que sentiría exactamente igual la otra. Cuando alguna cosa me da placer, como la noticia de la publicación de mi libro, automáticamente me digo que tampoco hay tanto motivo para alegrarse: todo placer es pasajero, por lo que si ahora lo vivo con mucha intensidad, cuando me sienta triste todavía viviré ese estado con mayor añoranza de otro.
Y, en cuanto al dolor, sea físico o no, el verdadero problema no es su presencia, sino cuánto tiempo pasará en mi ánimo. Es fácil olvidarse de él, casi tan fácil como olvidarse del placer. Recuerdo que, de pequeño, en el bosque, cogía la correa con la que ataba a mis perros. La cogía por una punta, la de la manga, por lo que en la otra quedaba la anilla de hierro que servía para clavarse en el collar del animal. Empezaba a dar vueltos sobre el eje que yo mismo hacía, con la correa extendida, de manera que se iba elevando por el aire. Hasta que llegaba el momento en que me detenía y la correa seguía en movimiento. Entonces, por su longitud, llegaba a mi cuerpo y empezaba a dar vueltas a mi alrededor. Se me pegaba en el pecho e iba ajustándoseme como lo haría una cobra que, en círculos, asfixia a un hombre.
Llegaba el momento en el que la correa terminaba y su punta de hierro me golpeaba como colofón. Había veces en que lo hacía en el vientre, otras en la cadera, pero las que siguen en mi memoria son las veces en que me daba en el paquete. No cabe duda de que era doloroso, pero no por ello dejaba de hacerlo. Podía pasarme horas bailando por el bosque y jugando a eso. Ya entonces el dolor era una barrera que hacía más corto el aburrimiento y que, como la escritura, relativizaba el tiempo.

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