(Diario de adolescencia) 7 de julio de 2017



Hoy, en la universidad, hay la conferencia de José Luis Guerín. Hiervo de entusiasmo. Quiero salir de Mataró con el autobús de las tres para llegar antes de la hora y escoger un sitio específico. El autobús de las tres sale a las 2.59 p. m. y, cuando llego, después de haber tenido que tomar el autobús de las tres y diez, casi toda la clase está llena. Disgusto profundo, pero me las arreglo. Me siento al final de la sala.
Mientras Guerín pasa un vídeo, alguien bosteza. Veo que hace referencia a Frederic Amat y que mira en dirección a mí: también lo hacen algunas personas del público. Sin que me hubiese dado cuenta, Frederic Amat se ha sentado detrás de mí y ríe, a veces, a lo que Guerín dice; sobre su nuca, noto la complicidad que le une a Guerín.
Salgo antes de tiempo de la segunda y última conferencia de este ciclo para llegar a tiempo a un recital de poesía que han organizado en Mataró. Guim Valls y Maria Sevilla leen sus poemas delante del ayuntamiento. El público no es numeroso, pero no cabría esperar otra cosa de una ciudad como esta, en que la cultura solo toma relevancia cuando está relacionada con la librería de moda y sirve de símbolo de ostentación. Valls, al presentar el evento, dice el título en catalán y en inglés y algunos sonríen; últimamente, en público, se hace una traducción al inglés de los conceptos importantes de los que se habla como para mofarse un poco de la condición de lengua franca de este idioma; quizá ha dejado de imponer respeto. Me prometo investigar un poema de Sevilla sobre el fin de una borrachera, sobre la madrugada.
Después, acudo al concierto de El pèsol feréstec. Maria Cabrera recita sus poemas mientras la cantante del grupo le hace los coros. Carácter fuerte contenido. Se les tiene que aplaudir efusivamente y con razón. En una canción basada en un poema de Blai Bonet, descubro unos versos que se me graban a fuego.

No quiero propiedades: ¿por qué no quiero propiedades? Pongamos las cartas sobre la mesa: dejemos de pensar en Primark, en Zara, en esas tiendas en que podemos comprar el mismo producto (aunque nunca es el mismo) más de una vez. Pensemos, en cambio, en la tienda de juguetes a la que íbamos cuando éramos pequeños. Su dependiente era el dueño y el artesano que hacía os juguetes. Te entretenías en buscar el que más te gustase, sorprendido porque las manos que a continuación iban a cobrarte eran las mismas que habían hecho esas bellas creaciones. Estabas indeciso: había dos juguetes muy parecidos, muy bonitos, pero con toques distintivos cada uno. Escogiste el que tenías más cerca de tu mano izquierda. No pensaste que, al cogerlo, estabas descartando una multitud de posibilidades que rodeaban su existencia. Tendría el destino que tú quisieras darle: jugarías con él, lo guardarías en tu habitación, lo olvidarías, por ejemplo. El juguete que no habías elegido, por el contrario, quedaba en la estantería con todo su repertorio de posibilidades. Lo compraría otro niño… o un adulto. Tendría una vida diferente a la que tú le pudieses dar. Quienes buscan propiedades, en realidad, quieren decidir el destino de las cosas que desean. Quienes no quieren más propiedades que las que necesitan para sobrevivir o llevar a cabo sus proyectos aman la contingencia, la riqueza de posibilidades, lo infinito que nos envuelve.

No hay comentarios:

Publicar un comentario