(Diario de adolescencia) 7 de julio de 2015



Ahora dispongo de más tiempo para leer y ver películas, aunque la escritura me lo roba en parte. Mientras hago bicicleta estática aprovecho para seguir con mis lecturas y disfrutar de algunas pelis que piden al espectador que se esté quieto y pendiente de lo que ocurre en ellas. En el fondo, la hora o dos horas de bicicleta estática diarias son una excusa: soy tan cobarde que no me atrevo a dedicarle a mis gustos el resto de mi tiempo. Lo que saco de ellos son conocimientos y no hay nada que me atraiga más que el conocimiento; me desviviría por él. Pero este pensamiento siempre acaba por llegar: me pregunto si realmente es útil leer tal cosa, hacer tal otra, ir a tal museo o escuchar música. Esperemos que no vaya a más.
Ayer mismo empecé a escribir la novela Los paseos por la frontera. También tengo que ponerme a trabajar seriamente en mi treball de recerca, ese que tendré que defender frente a un tribunal el próximo febrero y que he titulado La escritora europea del siglo XXI: características y recurrencias.

Mi madre ha encontrado los papeles de vacunación de mi gata. Según la fecha de nacimiento que pusieron en ellos (nada segura, ya que la recibieron cuando ya hacía tiempo que había nacido), en octubre cumplirá diecinueve años. Un veterinario aseguró a mi madre que, bien cuidados, estos gatos podían vivir hasta los veinte años. Sería una casualidad que muriese el próximo año, justamente cuando yo cumpliese dieciocho. No entiendo la vida sin Mixa, porque desde que nací ha estado en mi entorno. El día que muera quedará como símbolo de mi infancia y adolescencia. Ya no le hago tanto caso como antes. Mañana, temprano, iré a acariciarla al lavadero en el que duerme.

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